“Romería” (2025) marca el cierre de la trilogía suelta de Carla Simón sobre la familia y la memoria, iniciada con “Estiu 1993” y “Alcarràs”. En esta ocasión, seguimos a Marina (Llúcia Garcia), una joven de 18 años que aspira a convertirse en cineasta y que viaja a Vigo para conocer, por primera vez, a la familia paterna. Marina, huérfana desde la infancia, emprende una búsqueda de respuestas sobre su padre fallecido, desentrañando secretos que envuelven el pasado, la identidad y las cicatrices de la historia reciente de España. Ambientada en el verano de 2004 y rodada en español, catalán y francés, la película nos sumerge en el paisaje gallego, donde los recuerdos idealizados chocan con realidades dolorosas.

Carla Simón vuelve a demostrar su sensibilidad y maestría en el cine intimista. Opta por una dirección naturalista y observacional, alejada del melodrama, permitiendo que las emociones fluyan de manera orgánica y pausada. El entorno gallego —con sus playas rocosas, el Atlántico y las fiestas locales— se convierte en un personaje más, infundiendo a la narrativa una atmósfera palpable y evocadora. Destaca la fotografía de Hélène Louvart, que captura la luz veraniega y la contrasta con la frialdad emocional de los secretos familiares. El resultado son composiciones visuales de gran belleza, luminosas y melancólicas, que enriquecen el tono poético de la película.
El reparto sostiene la fuerza emocional de “Romería”. Llúcia Garcia brilla con una interpretación matizada y luminosa como Marina, transmitiendo tanto vulnerabilidad como determinación. Su interacción con el elenco secundario —Tristán Ulloa, Miryam Gallego y Sara Casasnovas— refuerza la autenticidad de las relaciones familiares complejas. El montaje de Sergio Jiménez, fluido y sutil, alterna entre presente y flashbacks, profundizando en la introspección sin romper el ritmo narrativo. La banda sonora minimalista de Ernest Pipó acompaña el tono contemplativo, dejando espacio al silencio y a los sonidos del mar y las romerías gallegas.
“Romería” se adentra en cuestiones fundamentales como la identidad, la memoria y el legado de los secretos familiares. Inspirada en la experiencia personal de Simón —quien perdió a sus padres por complicaciones relacionadas con el VIH—, la película aborda sin tapujos el estigma del SIDA en la España de los años 80 y 90, la adicción y la brecha generacional que separa a los mayores conservadores de sus descendientes traumatizados. Marina encarna la búsqueda de la verdad en medio del silencio y las omisiones, planteando si la biología determina el destino o si el arte y el diálogo pueden reconstruir la historia personal.

El guion autoficcional, escrito por Simón, evita el sensacionalismo y apuesta por una mirada empática que humaniza a todos los personajes, incluso a quienes guardan secretos por vergüenza o protección. La independencia de Marina, su vocación artística y la multiculturalidad que impregna la historia (con matices franceses) enriquecen el relato, convirtiendo la romería en un peregrinaje tanto físico como emocional y espiritual.
La representación del VIH en el cine español ha estado marcada por el estigma y el silencio, como se observa en títulos como “Los años oscuros” o “Flores de otro mundo”. “Romería” dialoga con estas obras al abordar el impacto del virus en la estructura familiar y en la construcción de la identidad, pero lo hace desde una perspectiva íntima y humanizadora, alejada de la victimización y el sensacionalismo. La película invita a reflexionar sobre la capacidad del cine para transformar el dolor en comprensión, y sobre cómo el arte puede contribuir a romper el tabú social que aún rodea el VIH, ofreciendo una visión más empática y cercana de quienes lo han vivido.
“Romería” es una obra que exige paciencia, pero recompensa al espectador con una experiencia emocional profunda y honesta. La intensidad de su contenido puede resultar desafiante, especialmente para quienes han vivido la pérdida o el rechazo social, pero su mensaje es esperanzador: el cine y la narración son herramientas para procesar el pasado y convertir el trauma en comprensión. Personalmente, considero que la película destaca por su delicadeza y por la resonancia que genera en el espectador, consolidando a Carla Simón como una voz fundamental del cine ibérico contemporáneo. Una película recomendada para quienes buscan historias introspectivas y conmovedoras que exploran la verdad más allá de los santuarios físicos, hacia los espacios internos donde se ilumina el camino personal.


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