Juan Genovés: a vista de pájaro.
Imagínate por un momento que eres una mosca en el techo de una plaza abarrotada. Abajo, la gente corre, se empuja, huye, se abraza o simplemente intenta sobrevivir. Desde esa perspectiva aérea, imparcial y un poco cruel, todo adquiere un sentido distinto. Eso es, básicamente, la obra de Juan Genovés (Valencia, 1930 – Madrid, 2020): el artista que convirtió la mirada de Dios (o de un helicóptero de la policía) en una herramienta de denuncia, poesía y, sobre todo, de incomodidad deliciosa.

Juan Genovés nació en 1930 en una Valencia todavía marcada por la Guerra Civil. Hijo de un artesano que pintaba muebles y grababa metales, creció entre olores a pintura y la conciencia de que el mundo no era precisamente un lugar amable. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos y, desde muy joven, se integró en grupos como Los Siete, Parpalló y Hondo. Pero no era el típico artista bohemio que solo quería “expresarse”. Genovés quería molestar. Y lo consiguió.
Su trayectoria arranca con una etapa informalista (manchas, texturas, rabia abstracta), pero pronto se dio cuenta de que la figuración era un arma mucho más afilada para hablar de su tiempo. En los años 60 y 70, mientras España agonizaba bajo el franquismo, Genovés empezó a pintar esas famosas multitudes: cientos de figuritas diminutas, vistas desde arriba, caminando, corriendo, concentrándose en puntos invisibles. Parecían hormigas. Pero hormigas con miedo, con esperanza y con dignidad.

Si hay una obra que define a Genovés es, sin duda, El abrazo (1976). Cuatro figuras que se funden en un gesto de solidaridad, pintadas con esa perspectiva característica suya. La obra se convirtió en símbolo de la Transición y hoy cuelga en el Reina Sofía como uno de los iconos de la recuperación democrática española.8
Pero atención: Genovés no era un propagandista. Era un observador implacable. Sus multitudes no siempre celebran; a menudo huyen, se dispersan o se apiñan bajo una amenaza invisible. Hay un punto de vista casi cinematográfico (piensa en Hitchcock o en las tomas aéreas de las manifestaciones). Sus cuadros parecen fotogramas de un documental que nadie se atreve a terminar de ver.
Técnicamente, Genovés es un maestro del engaño. Sus figuras parecen simples, casi esquemáticas, pero cuando te acercas ves la precisión quirúrgica del trazo, el uso inteligente del color (rojos, negros, ocres terrosos) y esa capacidad para generar tensión sin necesidad de mostrar caras. Porque en sus cuadros, la individualidad se diluye en la masa… hasta que, de repente, un gesto o una posición te recuerda que ahí hay personas. Historias. Miedos.
Con los años evolucionó. De las multitudes opresivas pasó a secuencias más introspectivas, experimentó con la gráfica intervenida y siguió pintando hasta casi el final de su vida. Incluso en el hospital, a punto de cumplir 90 años, pedía papel y lápices. Era un obrero del arte, como él mismo se definía: sin postureo, sin divismo.4
En plena era de redes sociales, donde todos formamos parte de multitudes virtuales, sus cuadros adquieren un nuevo significado. ¿No son Instagram, Twitter o TikTok esas plazas llenas de figuritas corriendo hacia likes, huyendo de cancelaciones o concentrándose alrededor de un trending topic?
Genovés nos recuerda que la masa nunca es neutral. Puede ser opresora o liberadora. Puede salvarte o engullirte. Y siempre, siempre, hay alguien mirando desde arriba.
Murió en mayo de 2020, en plena pandemia, cuando las calles de verdad se vaciaron y las multitudes se escondieron en casa. Una ironía poética que él, con su sentido del humor valenciano seco, probablemente habría apreciado con una media sonrisa.
Juan Genovés no pintaba solo multitudes. Pintaba la condición humana vista desde el lugar donde duele: desde la distancia necesaria para entenderla, pero lo suficientemente cerca como para que nos reconozcamos en ella. Y eso, amigos, es lo que hace que un artista pase de ser bueno a ser imprescindible.
Juan Genovés construyó un lenguaje visual inconfundible: multitudes vistas desde arriba, figuras diminutas bajo amenaza, miradas telescópicas y una tensión cinematográfica que convierte la pintura en denuncia y en poesía al mismo tiempo. Aquí va una selección de sus obras más emblemáticas, obviando la anteriormente nombrada “El abrazo”, ordenadas cronológicamente, que recorren su evolución:

Contra la pared (o Cara a la pared) (1965)
Una de sus primeras grandes piezas de madurez. Figuras solitarias o pequeñas grupos pegados a una pared, simbolizando la represión y la indefensión bajo el franquismo. Marca el paso del expresionismo a su estilo figurativo comprometido.

El objetivo (finales de los 60)
Multitud huyendo mientras una mira telescópica (o un arma) la enfoca desde arriba. Resume perfectamente la sensación de vigilancia constante y deshumanización. Es uno de los ejemplos más potentes de su “punto de vista del helicóptero”.

Uno, dos, siete, siete (1968)
Una composición secuencial con toques pop que dialoga con el arte de masas, pero mantiene la gravedad. Muestra su capacidad para experimentar con el formato cinematográfico y los colores más vivos sin perder la tensión.

La diana (1969)
Otra obra clave de finales de los 60. Las figuras se convierten en blanco, literalmente. Diálogo con el pop y crítica social al mismo tiempo.

Los manifestantes (1975)
Multitudes en movimiento, concentradas y bajo presión. Captura la energía de las protestas de los últimos años del régimen y es un puente directo hacia su obra más famosa.

La puerta (años 70)
Mencionada frecuentemente junto a “Gente corriendo”. Representa la angustia de la huida y los espacios cerrados. Una de las que mejor muestra su maestría en generar claustrofobia con perspectiva aérea.

Pintura (Gente corriendo) (años 70)
El título genérico no engaña: es el arquetipo de sus multitudes en fuga. Dinamismo, miedo y esa sensación de que alguien (el poder) siempre está observando desde arriba.

Secuencias (varios años, especialmente 1998-2000)
Serie importante de su etapa posterior. Profundiza en el movimiento estático, el paso del tiempo y la narración fragmentada. Muestra cómo evolucionó de la denuncia directa a una reflexión más introspectiva y formal.

El punto (2009) o Afluencia (2011)
Obras de madurez donde sigue explorando multitudes y concentraciones, pero con una mayor sofisticación técnica y un enfoque casi abstracto en el ritmo y el color. Representan su capacidad para reinventarse sin traicionar su núcleo temático: el individuo frente a la masa.
Estas obras no solo resumen su carrera, sino que funcionan como un relato visual de la España de la segunda mitad del siglo XX: del miedo a la represión, de la huida a la reconciliación, y de la masa como amenaza o como salvación. Genovés pintaba hormigas humanas, pero siempre conseguía que viéramos en ellas personas.


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