En alguna estrecha calleja rodeada de plateados canales de la Gloriosa República Veneciana, ya en sus agonías finales como imperio, empapado del aroma del pan recién hecho, llegó al mundo, un cuatro de marzo de mil seiscientos setenta y ocho, uno de los músicos cuyas obras han sido más escuchadas a lo largo y ancho del planeta, me refiero a Antonio Vivaldi.

Hijo de un panadero con aspiraciones violinísticas e ínfulas musicales, tuvo una infancia enfermiza de niño débil y quebradizo que le llevó hacia los caminos de la mística abocándolo hacia la fe en las melodías y la afición por lo divino. A consecuencia de ello, a los veinticinco años fue ordenado sacerdote, conocido como “el cura rojo” por causa del color de su pelo, y maestro de violín de unas muchachitas sin esperanza ni futuro recogidas en el orfanato del Ospedale della Pietà.
Pero tanta grandeza y maestría no podían quedar por mucho tiempo escondidas para un mundo ávido de belleza y su virtuosismos con el violín saltó fronteras y distancias comenzando, a la edad de cuarenta años, una gira por toda Italia y más allá, hasta Viena y Praga, llevando consigo un séquito de creaciones y una buena colección de personas que giraban cual satélites en su órbita.
Dos de ellas, su propia hermana y la cantante de ópera Anna Girò, surgida de las oscuridades del orfanato, fueron tan inseparables compañeras de sus viajes que incluso, las malas lenguas de la época, llegaron a extender la creencia de que eran sus amantes… El siempre lo desmintió, por supuesto…
A parte de compositor, concertista y, aunque con menos frecuencia, pastor de almas, Vivaldi llegó a ser empresario de ópera y un hombre rico y opulento. Pero el tiempo todo lo madura. Su música pasó de moda afectando a su popularidad, que vino a menos, menguando en sus beneficios, llegados a escalones mínimos, sin embargo su vida de lujos crecía y crecía… conclusión: cuando le llamó la parca, un veintiocho de julio de mil setecientos cuarenta y uno, mientras estaba en Viena, tuvo que ser enterrado como un indigente ya que sus recursos habían llegado a cero.
Por la contra, su legado artístico fue inmenso y de una gran riqueza dejando un tesoro de cientos de conciertos, decenas de sonatas instrumentales, una gran cantidad de música litúrgica y docenas de óperas que lo eternizaron mucho más, como el gran músico del Barroco que fue, que todo el dinero que tuvo y disipó.
La obra que nos ocupa, “El otoño”, es el tercer concierto del archiconocido conjunto de cuatro que lleva por título “Las cuatro estaciones”, los primeros de un total de doce que fue denominado “La lucha entre la armonía y la invención”. Todos estos conciertos, divididos en tres partes cada uno, están pensados para una orquesta de cuerda y un violín solista y, todos ellos están repletos de alusiones onomatopéyicas a la naturaleza, algo bastante frecuente en su época.
La evocación de la naturaleza ha sido siempre un deseo de los compositores de todas las épocas, y aunque se han utilizado diversos recursos para ello, destaca la utilización de instrumentos musicales para conseguir dichos efectos, pero es mucho más difícil si esos instrumentos se limitan a una orquesta de cuerda, sin viento, ni madera, ni percusión…
En el primer movimiento de “El otoño”, “Allegro (Celebración de la cosecha)”, Vivaldi nos dibuja el ambiente festivo de bailes y cantos de los campesinos contentos por acabar la recolección, se supone que es la vendimia, mediante una sencilla melodía bailable que utiliza de tema principal donde se acoplan diversas intervenciones de la orquesta y el violín solista.
Sin embargo, cuando llevamos dos minutos y treinta y un segundos, el violín solista, utilizando escalas ascendentes y descendentes y florituras de todo tipo, nos describe el paso titubeante e indeciso de un borracho perdido entre el bullicio de la fiesta.
Un poco más adelante llega lo inevitable y el borracho, acobardado de su carga, cae derrotado y dormido, esto lo representa con una melodía interpretada por el violín y compuesta por figuras largas y bucólicas, acompañado por la orquesta que dibuja rítmicas figuraciones de tranquilidad. Finalmente, todo concluye con la reposición del tema principal.
El segundo movimiento, “Adagio Molto (El sueño del otoño)”, es de absoluta calma: la fiesta ha concluido y todos, bajo la influencia del vino y el aire fresco, duermen plácidamente. Los diferentes instrumentos de la orquesta se van sucediendo en una progresión armónica que nos describen a la perfección el ambiente otoñal después de una fiesta y las cuerdas, con sordina, crean una atmósfera tranquila, casi etérea, con el clavecín y la tiorba proporcionando un acompañamiento suave.
En el tercer y último movimiento, “Allegro (La caza)”, todo cambia bruscamente. Ahora es una cacería lo que Vivaldi nos quiere describir con los violines solistas imitando el galope de los caballos que al alba marchan hacia el bosque. Pero cuando sólo llevamos un minuto y treinta y tres segundos, aparece la pieza que va a ser cazada mediante una progresión melódica ascendente. Entonces, con intervenciones cortas de las cuerdas, escuchamos los disparos y los ladridos de los perros. Luego todo se va mezclando: la pieza huye, ellos la persiguen… Hasta que de pronto aparece de nuevo el solista con rápidas sucesiones melódicas que nos avisa de que el animal ha sido herido y se revuelve de dolor. A partir de ese momento las escalas son descendentes hasta que la pieza muere y concluye el concierto.
En este concierto, como también ocurre en los otros tres, destacan varias características: La música programática, con escalas rápidas y contrastes dinámicos que pintan vividas escenas, como el viento otoñal, o el cantar de los pájaros, o el ladrido de los perros. El estilo barroco con su típica virtuosidad, donde destaca el violín solista. Y la composición estructurada en sonetos, textos descriptivos qué, según los estudiosos, fueron escritos también por Vivaldi, cuya finalidad, aunque normalmente no se suelen recitar, era de guías explicando las imágenes y emociones que se evocaban en cada movimiento.


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