La fotografía es magia porque es capaz de encerrar el tiempo.
Un instante, un gesto, un simple soplo de viento… todo puede quedar encuadrado en ese mundo sin dimensiones que consigue sobrevivir a su propio creador, y de esta forma, por encima de cualquier memoria, llegan hasta nosotros las imágenes del pasado para decirnos “así éramos”, “así fueron”, “de aquí partimos” …

La fotografía es magia porque nos actualiza la historia.
Los momentos más cruciales de una vida se detienen para siempre y se convierten en motores de nuestra nostalgia, rememoran nuestros sueños y atenúan nuestros miedos: nada ya es igual cuando puede tenerse entre las manos.
La fotografía es magia porque mantiene vivos a quienes murieron.
Y en sus rostros, en sus gestos, en los escorzos de sus cuerpos, podemos adivinar las ilusiones que querían transmitirnos, a nosotros, unos desconocidos que somos, ni más ni menos, su herencia en este mundo. Las palabras pueden engañar, despistar, confundir…, pero la fotografía, pura, limpia, que simplemente atesora la instantánea de un momento, sólo dice lo que vio, lo que hubo, lo que fue…
La fotografía es magia porque es verdad.

Y hubo un tiempo en que los sueños eran en blanco y negro porque el color estaba destinado a la realidad. Hubo un tiempo en que se buscaba entre una infinita escala de grises y se adivinaban las texturas, los contornos y las formas. Hubo un tiempo donde el mundo de la ilusión surgía de la inevitable unión de las luces y las sombras.
Y hay un pueblo, un pueblo cuya historia, por desconocida, puede creerse mitológica, legendaria, pues el destino de todo pueblo es vivir y la vida ya es pura magia.

Hay un pueblo que va más allá de sus piedras, de sus paisajes, de su clima, que sobrevive por encima de sus escudos, himnos o banderas, porque es un pueblo vivo, pues estuvo, está y estará compuesto de personas.
Y de eso quiere tratar este libro: de magia, de esa vida que quedó encerrada en una pequeña cartulina en blanco y negro para poder vencer al tiempo.



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