Acis y Galatea, de Charles de la Fosse.

Este antiguo mito de origen griego trata de amores no correspondidos y de las tragedias que los celos provocan y, como en casi todos los líos amorosos, aparecen tres personajes: Galatea, Acis y Polifemo.

En esta pintura al óleo sobre lámina de cobre (perteneciente a la colección del Museo del Prado), el pintor francés Charles de La Fosse representó a Acis y Galatea sorprendidos por el cíclope Polifemo, al que contemplan asombrados, ligeritos de ropa y entre tiernos galanteos. De todo ello se barrunta que no va a haber final feliz.

“La Fosse pintó el mismo asunto tres veces según los documentos conservados y expuso dos en los Salones de 1699 y 1704 respectivamente, pudiendo ser esta obra del Museo una de las exhibidas entonces. Indudablemente, el espíritu de la obra corresponde a la evolución estilística de fines de los años noventa, casi en el final del siglo XVII, momento en que el artista trabaja de esta manera.” (Nota del Museo del Prado)

Galatea era una de las cincuenta hijas del titán marino Nereo y de la oceánide Doris. Estas bellas criaturas fueron las nereidas, ninfas marinas que habitaban las profundidades del Mediterráneo, emergiendo de vez en cuando para socorrer a algún marinero en apuros, como así ocurrió con los Argonautas que vagaban en busca del vellocino de oro. Pero no nos desviemos… La hermosa Galatea, a la que sus hermanas apodaban “La Calma,” vivía en las costas de la isla de Sicilia y allí conoció a los otros dos personajes de la historia.

Por su parte, Polifemo era el cíclope más conocido y temido, tal vez por su papel en la aventura de Odiseo. Como todos los de su especie era un gigante con un solo ojo en medio de la frente, pero especialmente, a Polifemo se le describe como un ser bastante feo y malhumorado que se zampaba todo lo que pillaba. Era hijo de Poseidón, dios de los mares y los terremotos, y la ninfa Toosa. Con esta historia se demuestra que, a pesar de todo lo negativo que se le adjudicase, también tenía su corazoncito y era capaz de enamorarse.

Y el segundo en discordia era Acis, un joven pastor siciliano de gran belleza hijo de Pan, el dios de los pastores y rebaños, pero también de la fertilidad y la sexualidad masculina, por lo que es de suponer que tuviera un gran apetito sexual pasándose el día, según las malas lenguas, persiguiendo humanas y ninfas, seduciéndolas con la música que brotaba de su siringa, para retozar con ellas. De una aventura con una de estas últimas, la náyade Simetis, nació nuestro protagonista.

La versión que nos llegó de este mito pertenece al poeta romano Ovidio y aparece en su “Metamorfosis” donde nos dice que Polifemo estaba locamente enamorado de la bella Galatea, la cual no parecía tomarle muy en serio, ya que ella bebía los vientos por el joven y hermoso Acis, quien así mismo, le correspondía. Sorprendida la pareja en plena actividad retozadora en la orilla del mar por el propio Polifemo, éste, cegado por los celos, desprendió una enorme roca de la ladera del Etna y aplastó con ella al descuidado pastor ante los ojos aterrorizados de Galatea quien, viendo que la vida de su amado se escapaba en los regueros de su sangre derramada, lo convirtió en el río homónimo que todavía surca las tierras sicilianas hasta el mar Mediterráneo. Como podréis suponer, este mito fue fuente de creatividad para muchos artistas a lo largo de la historia del arte en todas sus ramas (literatura, música, pintura, escultura…), destacando la “Fábula de Polifemo y Galatea” de Luis de Góngora y Argote o la ópera compuesta por Georg Friedrich Handel, “Acis y Galatea” o el cuadro de Charles de La Fosse que nos ha dado pie a este comentario.



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