
«Una batalla tras otra» (Paul Thomas Anderson, 2025) adapta libremente la novela «Vineland» de Thomas Pynchon, sumergiendo al espectador en un Estados Unidos fracturado y paranoico. La película, estrenada en agosto de 2025 y protagonizada por Leonardo DiCaprio y Sean Penn, oscila entre el drama introspectivo y la sátira absurda, y ya ha sido reconocida con cuatro Globos de Oro.
La historia sigue a Bob (DiCaprio), un exrevolucionario consumido por la paranoia y la adicción, que vive aislado con su hija Willa (Chase Infiniti). El regreso de su enemigo (Penn) tras 16 años y la desaparición de Willa desencadenan una carrera contrarreloj para rescatarla. La trama se despliega en la frontera entre Estados Unidos y México, y alterna entre el suspense y el humor negro.
Uno de los momentos más emblemáticos del tono absurdo es la escena de la «explosión revolucionaria», donde Bob y sus antiguos compañeros intentan detonar un viejo camión como protesta. El vehículo apenas se mueve y la explosión resulta ridículamente pequeña, provocando risas entre los personajes y el público. En contraste, la introspección se manifiesta en una secuencia nocturna: Bob, solo en una habitación desordenada, observa una foto de su hija y susurra: “¿Y si todo esto fue una mentira desde el principio?”, mostrando el peso de la duda y la culpa.

La película explora la paranoia individual y colectiva, el fracaso de las revoluciones, el extremismo político y las secuelas del aislamiento. Un ejemplo concreto de sátira política se da en la escena del mitin fronterizo: los personajes simulan un debate sobre migración, pero sus argumentos se reducen a gritos incoherentes y pancartas absurdas (“¡Más muros, menos puertas!”), reflejando la superficialidad del discurso actual.
El diálogo que mejor define el estado mental de Bob se produce tras la desaparición de Willa. En un encuentro con su antiguo camarada, murmura: “No confío ni en mi sombra, ¿cómo voy a confiar en vosotros?”. Esta línea resume la paranoia que vertebra su carácter y la atmósfera de la película.

DiCaprio destaca con una interpretación cruda y vulnerable, especialmente en escenas de introspección como la anterior. Penn, en el papel de antagonista, aporta una intensidad inquietante, sobre todo en los cara a cara, donde la tensión se palpa en el ambiente. El reparto secundario, con Benicio del Toro y Regina Hall, aporta matices y profundidad al grupo de exrevolucionarios, mientras Chase Infiniti encarna el núcleo emocional de la historia en su papel de Willa, cuya independencia y fragilidad conmueven al espectador.
Visualmente, Anderson utiliza tomas largas y paisajes desérticos para subrayar el aislamiento de los personajes, con la fotografía de Jonny Greenwood y una banda sonora hipnótica que refuerza la atmósfera de incertidumbre.
El impacto emocional de «Una batalla tras otra» reside en la capacidad de Anderson para combinar el absurdo y el drama sin perder autenticidad. Las escenas cómicas, como la explosión fallida, relajan la tensión y permiten al público empatizar con personajes atrapados en situaciones límite. Sin embargo, los momentos de introspección y vulnerabilidad, junto con el uso de la sátira política, provocan una reflexión sobre la perpetuidad de las luchas personales y colectivas.
El final, ambiguo y desolador, deja al espectador con una sensación de vacío y cuestionamiento: ¿es posible la redención en un sistema que perpetúa la vigilancia y la polarización? La mezcla de absurdo y drama funciona como espejo de una sociedad en crisis, donde la revolución es un eco lejano y las verdaderas batallas son internas y familiares. Anderson ofrece así una obra provocadora, imperfecta pero relevante, que invita a la reflexión y al debate.


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