Sirât, de Óliver Laxe

Con esta inquietante película, te colocas ante la pantalla y, a medida que van pasando los fotogramas, ves cómo se transforma el vasto y despiadado desierto marroquí en un lienzo místico donde la búsqueda de una hija perdida se convierte en una odisea espiritual, un viaje que evoca el mítico puente islámico del mismo nombre: un hilo fino sobre el infierno, por el que solo los justos transitan hacia el paraíso.

Estrenada en Cannes 2025 y ganadora del premio a la Mejor Dirección en la competición principal, esta tercera entrega de Laxe tras Mimosas (2016) y O que arde (2019) no es una simple historia de pérdida familiar, sino una meditación sensorial sobre el duelo, la euforia transitoria y el colapso inminente de un mundo al borde del apocalipsis.

La trama sigue a Luis (Sergi López, en una interpretación contenida y magnética que recuerda su rol en Dirty Pretty Things), un padre español que, junto a su hijo adolescente Esteban (el debutante Brúno Núñez Arjona, con una vulnerabilidad cruda y auténtica), llega a una rave tecno en las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, la hija y hermana desaparecida meses atrás en una fiesta similar. Guiados por un presentimiento fatalista, se unen a un grupo de ravers nómadas –un colectivo punk y hedonista que viaja en caravanas destartaladas– rumbo a la “última fiesta” en el corazón del Sáhara. Lo que comienza como una inmersión en el pulso electrónico y la libertad dionisíaca se torna en un trayecto de desconfianza y revelaciones, donde el desierto no solo es escenario, sino un personaje opresivo que amplifica las grietas emocionales de los protagonistas.

Laxe, fiel a su estilo contemplativo, abandona el guion tradicional a favor de una narrativa fragmentada y sensorial. Escrita en coautoría con Santiago Fillol, la película prioriza los silencios elocuentes, los gestos mínimos y la luz implacable del sol sobre el diálogo expositivo. Las secuencias de baile bajo las estrellas, con techno reverberando en el vacío arenoso, hipnotizan como un trance colectivo, contrastando con los momentos de quietud donde el viento aúlla y las dunas devoran los vehículos. La fotografía de Laxe (quien también firma como director de fotografía) captura la escala imponente del paisaje con una paleta desaturada que evoca un futuro postapocalíptico, mientras la banda sonora –un collage de ritmos electrónicos y sonidos ambientales– pulsa como un latido irregular, culminando en una tormenta de arena que es tan visualmente arrolladora como metafórica.

Sergi López brilla como el ancla emocional: su Luis es un hombre fracturado, cuya determinación estoica oculta un terror primordial a la pérdida, y Núñez Arjona como Esteban aporta una frescura inquietante, encarnando la inocencia al filo del abismo. El ensemble de ravers –caras anónimas pero expresivas, interpretadas por no actores locales– añade una capa de autenticidad cruda, cuestionando si estos compañeros de viaje son salvadores o espectros. Temáticamente, Sirât explora el luto como un puente precario: ¿están cruzando del paraíso hedonista al infierno del vacío, o viceversa? En una era de crisis climáticas y búsquedas identitarias, Laxe nos confronta con la fragilidad de la conexión humana en entornos extremos, recordando a Paris, Texas de Wenders por su lirismo desértico, pero con un pulso más visceral y espiritual.

No obstante, la película no está exenta de tropiezos. Su ritmo lángudi, aunque intencionado, puede alienar a espectadores menos pacientes: las pausas contemplativas diluyen la urgencia narrativa, y el final ambiguo –un clímax que privilegia la evocación poética sobre la resolución– deja un regusto de insatisfacción para quienes buscan catarsis. Además, las figuras femeninas, como la ausente Mar, quedan relegadas a símbolos etéreos, subdesarrolladas en favor del dúo paternofilial.

Sirât es cine que se siente en la piel: un odiseo místico que usa la rave como portal al más allá, invitándonos a cuestionar si el puente que cruzamos es de salvación o de caída. En el vasto lienzo del desierto, Laxe no solo filma una búsqueda; filma el alma humana tambaleándose al borde. Imperdible para aficionados al cine de autor que buscan experiencias inmersivas, esta es una obra que resuena como el eco de un bajo en la noche eterna. Si O que arde fue sobre la purificación por el fuego, Sirât es sobre la disolución en la arena.

Reflexión sobre el título.

En Sirât (2025), el título no es un mero capricho estético, sino una clave simbólica que condensa la esencia temática y espiritual de la obra. Derivado del árabe الصراط (aṣ-Ṣirāṭ), el término designa en la tradición islámica el puente recto que, según el Corán (Sura 19:71-72), todo ser humano debe cruzar en el Día del Juicio para acceder al Paraíso. Este puente es descrito como más fino que un cabello y más afilado que una espada, tendido sobre el abismo del Infierno: los justos lo atraviesan con facilidad, mientras los pecadores caen al fuego eterno.

Óliver Laxe, cineasta gallego con raíces en Marruecos y profunda afinidad con el sufismo, utiliza Sirât como metáfora central del viaje emocional y existencial de sus personajes. El desierto marroquí, con sus dunas infinitas y su luz abrasadora, se convierte en la encarnación física de ese puente precario. Aunque también encontramos otros ejemplos metafóricos no menos importantes, como la rave, imagen del paraíso efímero, donde las fiestas tecno representan un éxtasis dionisíaco, un “paraíso artificial” en el que los jóvenes buscan trascendencia a través del ritmo, las drogas y la comunión colectiva. Es el lado luminoso del Sirât. Por su parte, la búsqueda de Mar es el descenso al abismo. La hija desaparecida es el hilo conductor, pero también el vacío que amenaza con tragarlo todo. El viaje del padre y el hijo hacia la “última fiesta” es un cruce deliberado hacia lo desconocido, donde la línea entre salvación y perdición se difumina. O la tormenta de arena como símbolo del Juicio Final, la cual supone el clímax visual —una tormenta que engulle caravanas y cuerpos— y es el momento en que el puente se vuelve más delgado. No hay redención garantizada; solo la posibilidad de caer o seguir adelante.

Laxe ha declarado en entrevistas que el título alude también al camino interior (sirât al-mustaqīm, “el camino recto” que se recita en la oración diaria musulmana). En la película, este camino no es moral en sentido dogmático, sino sensorial y relacional: cruzar el desierto es cruzar el duelo, la paternidad rota, la tentación del olvido. Los personajes no buscan a Dios, sino a los suyos —y en esa búsqueda, se enfrentan al vacío de sí mismos.

Así, Sirât no es solo un nombre; es una pregunta encarnada: ¿Qué puente estás cruzando tú, ahora mismo, sin darte cuenta? La película no responde. Solo te deja temblando sobre el filo.



Una respuesta a «Sirât, de Óliver Laxe»

  1. […] Sirât, de Óliver Laxe, por Antonio Cruzans […]

Deja un comentario

Descubre más desde PERSPECTIVAS

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo