El Cine de los años 1920 en Europa

Los años 1920 representan una era dorada para el cine europeo, marcada por la transición del cine mudo a experimentos que sentarían las bases del séptimo arte moderno. Tras la devastación de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), Europa buscaba reconstruirse cultural y socialmente, y el cine emergió como un medio accesible y poderoso para reflejar las ansiedades, sueños y cambios de la sociedad. Esta década vio el auge de movimientos vanguardistas, la consolidación de estudios nacionales y la influencia de directores visionarios que exploraron temas como la psicología humana, el urbanismo y la crítica social. Países como Alemania, Francia, la Unión Soviética y, en menor medida, Suecia y España, produjeron obras maestras que trascendieron fronteras, a pesar de las limitaciones técnicas del cine silente.

Alemania fue el epicentro del cine innovador en los 1920, gracias al movimiento expresionista, que surgió como reacción al horror de la guerra y a la inestabilidad de la República de Weimar. Este estilo se caracterizaba por decorados distorsionados, iluminación dramática con fuertes contrastes de luz y sombra (chiaroscuro), y narrativas que exploraban el subconsciente y lo irracional.

La película emblemática es El gabinete del doctor Caligari (1920), dirigida por Robert Wiene. Con su historia de un hipnotizador loco y sets angulados pintados a mano, la cinta introdujo el expresionismo al cine, influyendo en el horror y el thriller psicológico. Le siguió Nosferatu, una sinfonía del horror (1922) de F.W. Murnau, una adaptación no autorizada de Drácula de Bram Stoker, que usó locaciones reales y efectos de luz para crear una atmósfera gótica inolvidable. Murnau culminó la década con El último hombre (1924), donde experimentó con la cámara subjetiva (una cámara móvil que representaba la perspectiva del protagonista), anticipando técnicas narrativas modernas.

El estudio UFA (Universum Film AG) fue clave en esta producción masiva, financiando superproducciones como Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Esta distopía futurista, con sus efectos especiales pioneros (como el uso de miniaturas y el “efecto Schüfftan” para combinar sets reales y espejos), criticaba la industrialización y la división de clases, costando una fortuna que casi arruina al estudio. Lang también dirigió Dr. Mabuse, el jugador (1922), una epopeya criminal que reflejaba el caos social de la posguerra.

En Francia, el cine de los 1920 se dividió entre el impresionismo (o “primera vanguardia”) y el surrealismo, enfocados en la subjetividad emocional y lo onírico. Directores como Abel Gance innovaron con montajes rápidos y técnicas visuales para transmitir estados mentales.

Napoléon (1927)  de Gance es un hito: una biopic épica de seis horas con el innovador “polyvision” (tres pantallas sincronizadas para un efecto panorámico). Aunque incompleta en su versión original, revolucionó el montaje y la narrativa histórica. Otros impresionistas incluyeron a Germaine Dulac con La sonrisa de Madame Beudet (1923), una exploración feminista de la opresión matrimonial a través de simbolismo visual.

El surrealismo irrumpió con los españoles Luis Buñuel y Salvador Dalí en Un perro andaluz (1929), un cortometraje de 16 minutos lleno de imágenes chocantes (como el ojo cortado por una navaja) que desafiaba la lógica narrativa. Producido en París, reflejaba el manifiesto surrealista de André Breton, influenciando el cine experimental posterior. René Clair contribuyó con comedias como El sombrero de paja de Italia (1928), mezclando slapstick con crítica social.

En la Unión Soviética, el cine se convirtió en herramienta de la Revolución de 1917. Teóricos como Lev Kuleshov y Vsevolod Pudovkin desarrollaron el “efecto Kuleshov”, demostrando cómo el montaje crea significado al yuxtaponer imágenes (un rostro neutro parece expresar emociones diferentes según el corte).

Sergei Eisenstein elevó esto a arte con El acorazado Potemkin (1925), cuya secuencia de la “escalera de Odesa” —donde soldados masacran civiles— es un maestro del montaje rítmico e intelectual. La película, comisionada para el 20 aniversario de la Revolución de 1905, usaba actores no profesionales y simbolismo para glorificar la lucha obrera. Eisenstein continuó con Octubre (1928), recreando la Revolución Bolchevique con masas reales y montaje dialéctico.

Dziga Vertov, con su “Cine-Ojo”, rechazó la ficción en favor del documental. El hombre con la cámara (1929) es un collage urbano sin trama, capturando la vida soviética con trucos como stop-motion y superposiciones, celebrando la modernidad industrial.

Suecia mantuvo su tradición con Victor Sjöström y Mauritz Stiller. Sjöström’s El carruaje fantasma (1921) exploró la redención a través de efectos sobrenaturales, influyendo en Ingmar Bergman. Stiller lanzó a Greta Garbo con La saga de Gösta Berling (1924).

En España, el cine era incipiente, pero figuras como Florian Rey comenzaron adaptaciones literarias. Italia vio el declive posbélico, con películas como Cabiria (1914) influyendo aún, pero sin grandes innovaciones en los 20.

Concluyendo, los años 1920 consolidaron el cine europeo como arte autónomo, libre de las restricciones del teatro. Innovaciones técnicas —montaje, cámara móvil, efectos especiales— y temáticas profundas prepararon el terreno para el sonoro en 1927 (con El cantante de jazz en EE.UU., que impactó Europa). A pesar de crisis económicas y censuras, directores como Murnau, Lang, Eisenstein y Buñuel crearon un legado que inspira hoy. Esta era no solo entretuvo, sino que capturó el pulso de una Europa en ebullición, demostrando el poder del cine para moldear percepciones y emociones.



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