El mural La leyenda de Quetzalcóatl de Diego Rivera, ubicado en el Palacio Nacional de la Ciudad de México, es una de las obras más emblemáticas del muralismo mexicano, creada entre 1929 y 1935. Este mural forma parte de un ciclo narrativo que representa la historia de México desde la época prehispánica hasta el siglo XX.

Diego Rivera, uno de los principales exponentes del muralismo mexicano, buscaba a través de su arte rescatar y dignificar la identidad mexicana, especialmente la herencia indígena, en un momento de consolidación nacional tras la Revolución Mexicana (1910-1920). El muralismo, promovido por el gobierno de México, tenía como objetivo educar al pueblo y reforzar el orgullo por la historia y la cultura nacionales. En La leyenda de Quetzalcóatl, Rivera se centra en la figura de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, una deidad central en las culturas mesoamericanas (toltecas, aztecas, mayas, entre otras), para narrar una visión idealizada del pasado prehispánico y su legado.
Quetzalcóatl, cuyo nombre en náhuatl combina quetzal (pájaro de plumas preciosas) y coatl (serpiente), es un dios multifacético asociado con el viento, la lluvia, la creación, el conocimiento, la agricultura y el alba. Su figura también está vinculada a mitos de dualidad, sacrificio y el ciclo cósmico de creación y destrucción. Rivera utiliza este simbolismo para construir una narrativa que exalta la riqueza cultural mesoamericana y su resistencia frente a la conquista.

El mural representa a Quetzalcóatl en varias de sus manifestaciones, fusionando elementos mitológicos con una interpretación histórica y política, pues en el mural, Quetzalcóatl aparece como una figura central, a menudo representado con rasgos humanos (un hombre barbudo de tez clara, según algunas leyendas toltecas) y como la serpiente emplumada, emergiendo de un volcán en erupción, lo que simboliza su papel como dios creador y destructor, ya que, según la mitología nahua, Quetzalcóatl participó en la creación del Quinto Sol (la era actual) al extraer los huesos de las humanidades pasadas del inframundo y mezclarlos con su sangre para crear a los seres humanos. Rivera plasma esta idea de creación y sacrificio, mostrando a Quetzalcóatl como un símbolo de vida y renovación. La representación de la serpiente emplumada también evoca su relación con el viento (Ehécatl) y la lluvia, elementos esenciales para la agricultura mesoamericana, como se ve en las pinturas de Teotihuacán donde la serpiente derrama agua fertilizante.

Otra interpretación de este mito es su eterno retorno y, para ello, Rivera incluye la imagen de Quetzalcóatl como Tlahuizcalpantecuhtli, la estrella de la mañana (Venus), que aparece junto al sol al amanecer. Este simbolismo refleja la creencia mesoamericana en el retorno cíclico de Quetzalcóatl, un mito que, según algunas interpretaciones, llevó a los mexicas a confundir a Hernán Cortés con el dios que regresaba en 1519, aunque esta idea ha sido cuestionada por la historiografía moderna por basarse en fuentes coloniales. El mural enfatiza la idea del “eterno retorno”, un concepto universal en las mitologías, donde Quetzalcóatl representa la esperanza de un renacimiento cultural y espiritual para México.
Así mismo, la mitología mesoamericana está impregnada de dualidades, y Rivera captura esto al mostrar la relación entre Quetzalcóatl y su hermano Tezcatlipoca, dios de la noche y la providencia. En las leyendas, Tezcatlipoca engaña a Quetzalcóatl, llevándolo a la caída (a menudo asociada con el pulque y la pérdida de pureza), lo que resulta en su exilio y promesa de retorno. Rivera utiliza esta narrativa para simbolizar la lucha entre la espiritualidad indígena y las fuerzas externas (como la conquista), por ello, Rivera, influenciado por su ideología comunista y su admiración por las culturas indígenas, presenta a Quetzalcóatl como un símbolo de resistencia cultural frente a la colonización, así, la figura de Quetzalcóatl, asociada con el conocimiento y la civilización, se convierte en una metáfora de la grandeza de las culturas prehispánicas frente a la opresión colonial.

Desde el punto de vista artístico, el mural es una obra maestra del estilo de Rivera, que combina elementos del realismo, el cubismo y la estética indígena. El mural, ubicado en una escalera del Palacio Nacional, utiliza una composición dinámica que guía la mirada del espectador a través de la narrativa. Quetzalcóatl ocupa el centro, rodeado por figuras de nativos, músicos, danzantes y tributos, creando una escena vibrante que refleja la vida mesoamericana. Rivera emplea colores vivos y contrastantes, inspirados en el arte prehispánico, como los verdes esmeralda (que evocan las plumas del quetzal) y los rojos terrosos, para conectar visualmente la obra con su tema. La serpiente emplumada, con plumas verdes y formas sinuosas, domina la composición, simbolizando movimiento y vida. La influencia del cubismo se observa en la geometrización de las formas, mientras que el realismo permite que las figuras sean reconocibles y narrativas, facilitando la intención educativa del mural.
En lo concerniente al simbolismo, Rivera incluye elementos iconográficos específicos, como las pirámides del Sol y la Luna de Teotihuacán al fondo, que sitúan la escena en un contexto histórico y refuerzan la importancia de esta civilización. El sol invertido en el mural simboliza el declive de las culturas prehispánicas, un comentario sobre la conquista y sus consecuencias. Otros detalles, como los instrumentos musicales (tambores, caracolas) y las ofrendas agrícolas (maíz, plantas), resaltan la riqueza cultural y espiritual de las civilizaciones mesoamericanas, con un énfasis en su conexión con la naturaleza.

La técnica del fresco, utilizada por Rivera, permite una integración armónica con la arquitectura del Palacio Nacional, haciendo que el mural parezca parte del espacio. La gran escala de la obra (ubicada en una escalera monumental) refuerza su función como narrativa pública, accesible a todos los espectadores. Los detalles minuciosos, como las plumas estilizadas de la serpiente y las texturas de las vestimentas, muestran la maestría de Rivera en combinar elementos históricos con una estética moderna.
La leyenda de Quetzalcóatl no es solo una representación mitológica, sino una declaración política y cultural. Rivera utiliza la figura de Quetzalcóatl para exaltar la herencia indígena como fundamento de la identidad mexicana, en contraste con la narrativa colonial que minimizaba estas culturas. Al mismo tiempo, el mural refleja su compromiso con el comunismo, presentando a las sociedades prehispánicas como comunidades igualitarias y colectivas, en oposición al individualismo capitalista. El mural también dialoga con la leyenda de Quetzalcóatl como un gobernante sabio (Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl) que trajo conocimiento y prosperidad a los toltecas. Rivera reinterpreta esta figura como un héroe cultural, un símbolo de resistencia y esperanza para un México posrevolucionario que buscaba redefinir su identidad.
En conclusión, La leyenda de Quetzalcóatl de Diego Rivera es una obra que fusiona mitología, historia y arte para narrar la grandeza de las culturas mesoamericanas y su relevancia en la construcción de la identidad mexicana. A través de una composición visualmente rica y simbólica, Rivera no solo rinde homenaje a Quetzalcóatl como dios creador y portador de conocimiento, sino que también lo convierte en un emblema de resistencia cultural frente a la colonización. La obra, con su estilo monumental y su mensaje político, sigue siendo un testimonio del poder del arte para educar, inspirar y preservar la memoria colectiva de un pueblo.


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