Purificación Campos Sánchez, conocida como Purita o Pura Campos, fue una fuerza creativa que marcó un antes y un después en el cómic español. Nacida en Barcelona el 18 de agosto de 1937 y fallecida en Madrid el 19 de noviembre de 2019, Purita no solo fue una historietista, ilustradora y pintora, sino una pionera que rompió moldes en un mundo dominado por hombres. Su obra, especialmente Esther y su mundo, no solo vendió millones de ejemplares en todo el mundo, sino que creó un vínculo emocional con generaciones de lectoras (y lectores a escondidas). Con un estilo fresco, elegante y lleno de vida, Purita se convirtió en un ícono del cómic del siglo XX.

Purita creció en un hogar humilde, hija de una modista que le inculcó el amor por el diseño y los detalles. Desde niña, dibujaba figurines de moda para ayudar a su madre, y ese talento innato la llevó a estudiar en la prestigiosa Escuela de la Llotja de Barcelona, donde pulió su técnica en Bellas Artes. También coqueteó con la actuación en el Instituto del Teatro, pero el dibujo era su verdadera pasión. En los años 50, su hermano la conectó con Manuel Vázquez, un grande de la Editorial Bruguera, y ahí empezó todo.
En Bruguera, Purita entró como portadista, creando cubiertas para revistas femeninas como Dalia (1959), Sissi (1961), Blanca (1961), Can Can (1961) y Celia (1963). Pronto pasó a dibujar historietas, un trabajo que, en sus propias palabras, fue “extenuante”. La editorial pagaba poco y exigía mucho, pero Purita se ganó un lugar entre gigantes como Vázquez, Escobar o Víctor Mora. En un ambiente machista, donde le decían “¡Qué bien lo haces para ser mujer!”, ella respondía con su talento, aunque confesaba que el machismo la sacaba de quicio.

El gran momento de Purita llegó en 1971, cuando la agencia Creaciones Editoriales la conectó con el mercado inglés. Ahí dio vida a los guiones de Philip Douglas para Patty’s World, traducida al español como Esther y su mundo. Esta serie, publicada en la revista Princess Tina y luego en España en Lily (1974), fue un fenómeno global. Con tiradas semanales de trescientos a cuatrocientos mil ejemplares, Esther conquistó a lectoras en Reino Unido, España, Países Bajos, Alemania y otros muchos países.

Pero ¿a qué se debió tanto éxito? Esther Lucas, la protagonista, era una adolescente pecosa, tímida y soñadora, enamorada del guapo y pícaro Juanito. Acompañada por su amiga Rita, su rival Doreen y su hermana Carol, sus aventuras reflejaban las inseguridades, amores y locuras de la adolescencia. Aunque había algo más: Esther vivía en una Inglaterra donde las chicas salían de noche, iban a fiestas y vestían minifaldas imposibles, algo impensable en la España tardofranquista. Esa libertad fascinaba a las lectoras. Purita, con su trazo estilizado y su ojo para la moda, llenó las viñetas de modelitos inspirados en su infancia y personajes masculinos que evocaban la virilidad de los héroes de Hugo Pratt, uno de sus ídolos.

La serie, que duró hasta 1988, no era solo “para niñas”. Muchos chicos la leían a escondidas, como confesó la exministra Ángeles González-Sinde, quien reveló que sus amigos la devoraban en el baño para que nadie los viera. Las historias mezclaban romance, misterio y problemas familiares, y ese equilibrio, junto al carisma de Esther, la hizo universal.

Purita no se quedó en un solo éxito. En 1975, creó Tina para la revista holandesa del mismo nombre, con guiones de Andries Brandt. En España, se publicó como Jana (1983), y durante casi 15 años, Purita dibujó portadas semanales a color. Junto a su marido, el dibujante Paco Ortega, creó Gina, una serie que capturaba la vida de una adolescente en los vibrantes años 70 y 80. También adaptó Heidi al cómic en 1973, con una versión que ella defendía como más fiel que el manga japonés, y dibujó tiras como Dulce Carolina (1989) para los más pequeños.

En los 80, Purita dio un giro hacia la pintura. Tras el cierre de Bruguera y la pausa de los cómics ingleses, montó una escuela de dibujo y pintura que llegó a tener 150 alumnos. “Me lo pasé mejor dando clases que haciendo cómics”, confesaba. Pero el cómic siempre fue su hogar, y en 2005 volvió con fuerza.
En 2005, Glénat reeditó Gina y en 2007, Esther y su mundo, con colores mejorados que hacían justicia a su arte. Motivada por el cariño de los fans, Purita lanzó en 2006 Las nuevas aventuras de Esther, con guiones de Carlos Portela. Ahora, Esther era una madre soltera de 40 años, enfrentando problemas laborales, personales y, claro, la sombra de Juanito. El primer álbum vendió veinte mil ejemplares, y la serie siguió creciendo, con novelas como Esther cumple cuarenta y La elección de Esther. Los fans, que habían crecido con Esther, se reencontraron con una protagonista que reflejaba sus propias vidas.

Purita no solo conquistó lectores, sino también premios. En 2004, recibió el Premio Haxtur como “Autora que Amamos”; en 2009, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes; y en 2013, el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona. En 2011, Getafe nombró una calle en su honor. Su trabajo fue expuesto en ciudades como Barcelona, Madrid y Granada, y en 2016, el Colectivo de Autoras de Cómic le dio un Premio Honorífico por su lucha incansable en un mundo masculino.
Cuando Purita falleció en 2019 a los 82 años, el mundo del cómic lloró a una gigante. Su legado sigue vivo: su hijo Paco Ortega permitió que Esther continuara con un último libro, dibujado por Aneke y guionizado por Portela. En 2024, se estrenó el documental Purita i el seu món, que celebra su vida con testimonios de expertos y seres queridos.
Purita era más que una artista: era una luchadora que enfrentó el machismo con su trabajo, una maestra apasionada y una mujer que nunca dejó de crear. “Nunca dejaré de trabajar, me da vida”, decía, incluso cuando el lumbago la aquejaba. Su estudio, compartido con Paco Ortega, era un reflejo de su energía: lleno de colores, recuerdos y proyectos.
Sus viñetas no solo contaban historias; enseñaban a soñar con libertad. Como dijo Javier Pérez Andújar, Purita dibujó “las historias más leídas en todo nuestro mundo”. Y así será siempre: Esther, Tina, Gina y cada trazo de Purita siguen vivos, recordándonos que el arte, cuando nace del corazón, nunca envejece.


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