Historia del cómic, capítulo 10: Orígenes del cómic en España.

El cómic en España, como en otras partes del mundo, tiene sus raíces en una combinación de tradiciones artísticas, literarias y sociales que evolucionaron con el tiempo. Durante el siglo XIX y principios del siglo XX, España desarrolló un panorama cultural propicio para el nacimiento de esta forma de expresión, influenciada tanto por corrientes nacionales como por aportaciones extranjeras. Este artículo explora los orígenes del cómic español, sus precursores, los primeros ejemplos de historietas y las influencias que moldearon su desarrollo.

Antes de que el cómic se consolidara como un medio narrativo con viñetas secuenciales, varias formas de arte y literatura en España sentaron las bases para su aparición. Entre los precursores más destacados se encuentran:


Los grabados y la caricatura: Desde el siglo XVIII, los grabados satíricos y las caricaturas políticas se popularizaron en España, especialmente en publicaciones periódicas. Estas imágenes, acompañadas de textos breves, criticaban la sociedad, la política y las costumbres de la época. Artistas como Francisco de Goya, con sus Caprichos (1799), combinaron ilustraciones mordaces con comentarios sociales, sentando un precedente para la narrativa visual.


La prensa satírica: En el siglo XIX, revistas como El Motín, La Flaca o Gil Blas publicaban ilustraciones humorísticas y caricaturas que narraban historias cortas o comentaban la actualidad. Estas publicaciones, dirigidas a un público adulto, fueron esenciales para popularizar el uso de imágenes secuenciales con fines narrativos o satíricos.

Los “aleluyas” (de las que ya hablamos en el capítulo anterior): Los pliegos de cordel y las series de estampas conocidas como “aleluyas” fueron otro precursor importante. Estas hojas ilustradas, vendidas en ferias y mercados, contaban historias populares, religiosas o morales mediante viñetas acompañadas de textos rimados. Aunque su formato era más estático que el del cómic moderno, su estructura secuencial y su accesibilidad al gran público influyeron en los primeros historietistas.


Los Caprichos es una serie de 80 grabados realizados por el pintor y grabador español Francisco de Goya entre 1797 y 1799. Publicada en 1799, esta colección de aguafuertes, combinados con aguatinta, representa una de las obras más emblemáticas de Goya y un hito en la historia del arte gráfico. Los grabados son una crítica mordaz a la sociedad española de finales del siglo XVIII, abordando temas como la superstición, la corrupción, la ignorancia, los abusos de poder y las desigualdades sociales.

Los Caprichos surgieron en un momento de transición en la vida de Goya y en la historia de España. A finales del siglo XVIII, Goya era un pintor reconocido, nombrado Pintor de Cámara del rey Carlos IV en 1789. Sin embargo, tras sufrir una grave enfermedad en 1792-1793 que lo dejó sordo, su obra adquirió un tono más introspectivo y crítico. La España de la época estaba marcada por la decadencia de la monarquía borbónica, la influencia de la Inquisición, las tensiones sociales y la llegada de las ideas ilustradas, que promovían la razón frente a la superstición y el absolutismo.

Goya, influenciado por la Ilustración, pero también profundamente consciente de las limitaciones de su sociedad, creó Los Caprichos como una obra personal, financiada por él mismo. La serie se publicó en un momento de cierta apertura cultural, pero la censura y el poder de la Inquisición obligaron a Goya a retirar los grabados del mercado poco después de su lanzamiento, temiendo represalias.

Cada uno de los 80 grabados de Los Caprichos combina imágenes impactantes con títulos y comentarios irónicos o enigmáticos. Las obras utilizan la técnica del aguafuerte, que permite líneas precisas, y la aguatinta, que añade texturas y efectos de sombra, creando un estilo visual dramático y expresivo. Los grabados están acompañados de breves textos grabados en las planchas, que funcionan como leyendas o comentarios satíricos, a menudo abiertos a múltiples interpretaciones.

La serie no sigue una narrativa lineal, pero los grabados están organizados temáticamente, abordando diferentes aspectos de la sociedad. Los primeros grabados critican vicios humanos generales, como la vanidad o la hipocresía, mientras que los últimos se adentran en temas más oscuros, como la brujería y lo grotesco, con un tono casi surrealista.

Los Caprichos es una sátira universal que, aunque centrada en la España de su tiempo, aborda defectos humanos intemporales. Algunos de los temas más destacados son:


Crítica a la superstición y la ignorancia: Goya ataca las creencias irracionales, como la brujería y el fanatismo religioso, que consideraba obstáculos para el progreso. Grabados como El sueño de la razón produce monstruos (n.º 43), el más famoso de la serie, advierten que el abandono de la razón lleva a la proliferación de males sociales.


Corrupción y abusos de poder: La serie denuncia la hipocresía de la nobleza, el clero y las instituciones. Por ejemplo, en ¿De qué mal morirá? (n.º 40), Goya critica a médicos incompetentes que simbolizan una sociedad enferma.


Desigualdad y opresión: Goya retrata la explotación de los más débiles, especialmente de las mujeres, víctimas de matrimonios de conveniencia, prostitución forzada o juicios injustos. Grabados como Nadie se conoce (n.º 6) exploran la falsedad en las relaciones sociales.


Sátira social y moral: La vanidad, la codicia y la frivolidad de la sociedad son objeto de burla en grabados como Hasta la muerte (n.º 55), donde una anciana se mira al espejo, obsesionada con su apariencia.


Elementos fantásticos y grotescos: En la segunda mitad de la serie, Goya introduce imágenes de brujas, demonios y criaturas fantásticas, que funcionan como metáforas de los males sociales y psicológicos. Estas imágenes prefiguran el romanticismo y el surrealismo.


El estilo de Los Caprichos combina realismo con elementos fantásticos, creando un universo visual inquietante. Goya utiliza el claroscuro para enfatizar contrastes entre luz y sombra, reflejando la dualidad entre razón y caos. Los personajes, a menudo caricaturescos, tienen expresiones exageradas que refuerzan el tono satírico.

El simbolismo es central en la serie. Por ejemplo, los animales (como búhos, murciélagos o gatos) representan la ignorancia, el mal o la hipocresía. Los textos que acompañan los grabados añaden una capa de ironía, invitando al espectador a reflexionar sobre el mensaje oculto. Esta combinación de imagen y texto, junto con el enfoque narrativo, convierte a Los Caprichos en un precursor de las formas secuenciales del cómic.

Aunque Los Caprichos no es un cómic en el sentido moderno, su influencia en la narrativa visual es innegable. La serie comparte varias características con los cómics posteriores: Narrativa visual, pues cada grabado cuenta una historia o transmite una idea a través de la imagen, con textos que complementan el mensaje, similar a las viñetas con bocadillos o leyendas. Sátira social, ya que, al igual que las caricaturas y los primeros cómics del siglo XIX, Los Caprichos utiliza el humor y la exageración para criticar la sociedad. Y accesibilidad, pues aunque los grabados eran un producto artístico, su publicación en serie y su tono crítico los hacían atractivos para un público amplio, un rasgo compartido con los tebeos.

En el contexto español, Los Caprichos inspiró a los caricaturistas y artistas del siglo XIX, que adoptaron su estilo satírico en la prensa ilustrada, un paso clave hacia el desarrollo del cómic en España.

Los Caprichos no tuvieron un éxito comercial inmediato debido a su contenido provocador y a la censura, pero su influencia creció con el tiempo. La serie influyó en movimientos como el romanticismo, el expresionismo y el surrealismo, y artistas como Honoré Daumier y Pablo Picasso admiraron la obra de Goya. En el ámbito del cómic, su combinación de narrativa visual, crítica social y experimentación gráfica allanó el camino para las historietas modernas.

Hoy en día, Los Caprichos se considera una de las obras maestras de Goya y un testimonio de su genio como observador de la condición humana. Los grabados se conservan en museos como el Museo del Prado y siguen siendo estudiados por su riqueza artística y su relevancia histórica.


Por otra parte, durante el siglo XIX, la prensa satírica en España se convirtió en un medio clave para la crítica social, política y cultural, y las ilustraciones humorísticas y caricaturas desempeñaron un papel central en esta forma de expresión. Estas imágenes, publicadas en revistas y periódicos, combinaban arte, humor y comentario social, sentando las bases para el desarrollo posterior del cómic en España. A continuación, exploramos el contexto, las características, los temas, los artistas destacados y la relevancia de estas ilustraciones en la prensa satírica del siglo XIX.

El siglo XIX en España fue un periodo de gran inestabilidad política y social, marcado por guerras, revoluciones, cambios de régimen y tensiones entre liberales y absolutistas. La abolición temporal de la censura durante ciertos periodos, como el Trienio Liberal (1820-1823) o tras la Revolución de 1868, permitió el auge de la prensa satírica. Este medio ofrecía una plataforma para criticar a la monarquía, el clero, la aristocracia y las instituciones, a menudo desde una perspectiva liberal o progresista.

Los avances tecnológicos, como la litografía, facilitaron la reproducción masiva de imágenes, haciendo que las caricaturas fueran más accesibles. La prensa satírica, dirigida principalmente a un público urbano y alfabetizado, se convirtió en un reflejo de las preocupaciones y el humor de la época, combinando texto e imagen para maximizar su impacto.


Las ilustraciones humorísticas y caricaturas de la prensa satírica del siglo XIX tenían varias características distintivas: Las caricaturas exageraban los rasgos físicos de los personajes (narices grandes, expresiones grotescas) para ridiculizarlos, siguiendo la tradición de la caricatura europea iniciada por artistas como William Hogarth. Las ilustraciones humorísticas, por su parte, podían ser más narrativas, representando escenas cotidianas con un toque irónico. Las imágenes solían ir acompañadas de pies de foto, diálogos o poemas satíricos que reforzaban el mensaje. Esta combinación de imagen y texto prefiguró la estructura de las viñetas de cómic. El humor podía ser mordaz, burlesco o sutil, dependiendo del público y del contexto político. Las caricaturas políticas eran especialmente incisivas, mientras que las ilustraciones humorísticas a menudo se centraban en costumbres sociales. Y las ilustraciones aparecían en portadas, páginas interiores o como láminas sueltas en revistas. Su diseño estaba pensado para captar la atención rápidamente, utilizando composiciones dinámicas y colores vivos en las publicaciones que podían permitírselo.

Las ilustraciones y caricaturas abordaban una amplia gama de temas, reflejando las tensiones de la sociedad española del siglo XIX: La crítica política, donde los políticos, monarcas y militares eran blancos frecuentes. Por ejemplo, durante el reinado de Isabel II (1833-1868), las caricaturas ridiculizaban su corte y las luchas entre liberales y moderados. Publicaciones como La Flaca (1869-1876) atacaban a los líderes políticos con imágenes que los representaban como animales o figuras grotescas. La sátira social, donde las ilustraciones humorísticas se burlaban de las costumbres de la burguesía, la hipocresía religiosa y las desigualdades de clase. Temas como los matrimonios por conveniencia, la moda extravagante o la corrupción en la administración pública eran recurrentes. La crítica religiosa, aunque la censura de la Iglesia era estricta, algunas publicaciones se atrevían a satirizar al clero, criticando su riqueza o su influencia en la política. Estas caricaturas solían ser más veladas para evitar represalias. Y el costumbrismo, pues muchas ilustraciones retrataban escenas de la vida cotidiana con un enfoque humorístico, capturando los estereotipos de la época, como el “majo” madrileño o el “cateto” rural.

Varias revistas satíricas del siglo XIX se destacaron por su uso de ilustraciones y caricaturas, convirtiéndose en referentes de la época:


La Flaca (1869-1876): Publicada durante el Sexenio Democrático, esta revista es famosa por sus caricaturas políticas de gran calidad artística. Su nombre aludía a la delgadez de España, simbolizada como una mujer demacrada, y sus ilustraciones atacaban a figuras como Amadeo de Saboya o los republicanos.


El Motín (1835-1837): Una de las primeras revistas satíricas, conocida por sus caricaturas políticas que criticaban el absolutismo y apoyaban el liberalismo. Su estilo visual era sencillo pero efectivo.


Gil Blas (1864-1876): Con un tono más ligero, esta revista combinaba caricaturas políticas con ilustraciones costumbristas, apelando a un público burgués. Su estilo visual estaba influenciado por la prensa satírica francesa, como Le Charivari.


El Tío Clarín (1872-1873): Con un enfoque radical, esta publicación utilizaba caricaturas para criticar a la monarquía y la Iglesia, a menudo con un humor más agresivo.


Madrid Cómico (1880-1907): Aunque de finales de siglo, esta revista marcó la transición hacia un humor más refinado y literario, con ilustraciones que anticipaban los tebeos del siglo XX.

Varios ilustradores y caricaturistas dejaron su huella en la prensa satírica del siglo XIX: Bernardo Rico, grabador y caricaturista, colaboró en revistas como La Flaca, donde sus dibujos políticos destacaban por su precisión y mordacidad Francisco Ortego, conocido por sus caricaturas en Gil Blas y La Flaca, retrataba a políticos y figuras públicas con un estilo exagerado pero reconocible, influenciado por el costumbrismo. José Luis Pellicer, ilustrador de La Flaca y otras publicaciones, combinaba crítica política con un estilo artístico refinado, inspirado en la prensa europea. O Ramón Cilla quien, activo en la segunda mitad del siglo, sus caricaturas en Madrid Cómico reflejaban un humor más sofisticado, centrado en la vida urbana.

Las ilustraciones humorísticas y caricaturas de la prensa satírica española del siglo XIX estuvieron influenciadas por la tradición europea, especialmente por la prensa francesa (Le Charivari, con caricaturistas como Honoré Daumier) y británica (Punch). Sin embargo, los artistas españoles adaptaron estas influencias al contexto local, incorporando elementos del costumbrismo y la sátira picaresca.

Estas ilustraciones fueron un precursor directo del cómic en España por varias razones: La combinación de imágenes y textos en las caricaturas estableció un modelo para las viñetas secuenciales. La prensa satírica acercó el arte gráfico a un público amplio, sentando las bases para las revistas infantiles y los tebeos del siglo XX. Y el tono satírico y los personajes estereotipados influyeron en los primeros cómics españoles, como los de TBO o Pulgarcito.


El nacimiento del cómic en España, entendido como una narrativa secuencial con viñetas y un enfoque más moderno, se sitúa a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Este periodo coincidió con la modernización de la prensa y los avances en las técnicas de impresión, que permitieron la reproducción masiva de imágenes.

A finales del siglo XIX, surgieron publicaciones dirigidas al público infantil que incluían historietas ilustradas. Una de las pioneras fue La Risa (1870), aunque su enfoque era más satírico. Más tarde, revistas como En Patufet (1904, en Cataluña) y Gente Menuda (suplemento de Blanco y Negro, 1891) comenzaron a publicar historias ilustradas con personajes recurrentes, un elemento clave del cómic moderno.

A principios del siglo XX, artistas como Apeles Mestres y Joaquín Xaudaró destacaron como pioneros. Mestres, con sus ilustraciones en En Patufet, creó historias con un estilo visual influenciado por el modernismo catalán. Xaudaró, por su parte, publicó en revistas como Dominguín y creó personajes como Don Faustino (1910), considerado uno de los primeros personajes recurrentes del cómic español. Estas historietas, a menudo humorísticas, reflejaban la vida cotidiana y los estereotipos sociales de la época.

Y en las primeras décadas del siglo XX, revistas como TBO (1917) marcaron un hito en la consolidación del cómic español. TBO popularizó el formato de historieta con un enfoque familiar, combinando humor, aventuras y personajes entrañables. Su éxito fue tal que el término “tebeo” se convirtió en sinónimo de cómic en España. Otras publicaciones, como Pulgarcito (1921), también contribuyeron a la difusión de las historietas.

A finales del siglo XIX, la prensa infantil en España comenzó a consolidarse como un medio de entretenimiento y educación dirigido a los niños, un público que ganaba relevancia debido al aumento de la alfabetización y el interés por la pedagogía. Revistas como La Risa, En Patufet y Gente Menuda desempeñaron un papel clave en la introducción de historietas ilustradas, sentando las bases para el desarrollo del cómic moderno en España. Estas publicaciones combinaban narrativas visuales, humor y valores educativos, adaptándose a las sensibilidades de su audiencia infantil y familiar. A continuación, exploramos el contexto, las características, los contenidos y la importancia de estas revistas en el panorama de las historietas a finales del siglo XIX.

El siglo XIX en España fue un periodo de modernización, con avances en la educación y la impresión que facilitaron la creación de publicaciones para niños. La Ley Moyano de 1857, que estableció la educación primaria obligatoria, impulsó la alfabetización, mientras que las mejoras en la litografía y la impresión en color permitieron producir revistas ilustradas a bajo costo. En este contexto, la prensa infantil surgió como un medio para entretener, educar y transmitir valores morales, a menudo desde una perspectiva conservadora o religiosa, aunque también con influencias liberales y modernistas en algunos casos.

Las historietas, entendidas como narrativas secuenciales con imágenes y texto, comenzaron a aparecer en estas revistas como una evolución de las caricaturas y las ilustraciones humorísticas de la prensa satírica. Aunque el término “cómic” aún no estaba generalizado, estas publicaciones marcaron el inicio de un formato que combinaba viñetas, personajes recurrentes y un tono accesible para los niños.


La Risa, fundada en 1870 en Madrid, no era exclusivamente una revista infantil, ya que su público inicial incluía adultos interesados en la sátira y el humor. Sin embargo, con el tiempo, comenzó a incluir contenido dirigido a niños, como cuentos ilustrados y viñetas humorísticas. Su estilo estaba influenciado por la prensa satírica, pero adaptado a un tono más ligero.

Las ilustraciones de La Risa solían ser caricaturas o escenas costumbristas que retrataban la vida cotidiana, a menudo con un toque moralizante. Aunque no presentaba personajes recurrentes como los cómics modernos, sus viñetas narrativas, acompañadas de diálogos o pies de foto, anticipaban el formato de las historietas. Los temas incluían travesuras infantiles, críticas suaves a los adultos y sátiras de la sociedad urbana.

La Risa fue una de las primeras publicaciones en España en experimentar con narrativas visuales secuenciales dirigidas parcialmente a niños. Su enfoque humorístico influyó en revistas posteriores, aunque su impacto en el público infantil fue limitado debido a su tono más adulto.

La revista tomaba inspiración de publicaciones francesas como Le Journal Amusant, adaptando su estilo a los gustos españoles.


Aunque En Patufet se lanzó oficialmente en 1904 en Barcelona, sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX, cuando el personaje de Patufet, un niño diminuto de la tradición oral catalana, comenzó a aparecer en publicaciones y pliegos ilustrados. La revista, escrita en catalán, tenía un enfoque educativo y cultural, promoviendo los valores del modernismo catalán y la identidad regional.

En Patufet incluía cuentos, poesías, juegos y, especialmente, historietas ilustradas que narraban las aventuras de Patufet y otros personajes. Las viñetas, a menudo dibujadas por artistas como Apeles Mestres, utilizaban un estilo modernista con líneas elegantes y colores vivos. Las historias combinaban humor, moralejas y elementos de la cultura catalana, como fábulas y tradiciones populares. Aunque las historietas no siempre seguían una estructura secuencial moderna, su narrativa visual era un paso hacia el cómic.

En Patufet fue un hito en la prensa infantil catalana, consolidando el uso de historietas como herramienta educativa y de entretenimiento. Su énfasis en la identidad cultural influyó en generaciones de lectores y artistas, y su éxito inspiró otras revistas infantiles en España.

La revista se inspiró en la tradición de los “aleluyas” y en publicaciones europeas, pero su estilo visual y temático era profundamente catalán, reflejando el auge del modernismo.


Gente Menuda era el suplemento infantil de la revista Blanco y Negro, fundada en 1891 en Madrid. Dirigida a un público familiar de clase media, esta publicación combinaba un enfoque educativo con entretenimiento, utilizando un diseño moderno y atractivo gracias a los avances en la impresión en color.

Gente Menuda publicaba cuentos ilustrados, poesías, acertijos y, de manera destacada, historietas con viñetas que narraban historias cortas. Estas historietas, dibujadas por artistas como Ángel Díaz Huertas, presentaban personajes infantiles o animales antropomórficos en aventuras humorísticas o didácticas. Aunque las historias eran simples, la inclusión de diálogos en bocadillos y una estructura secuencial las acercaba al formato del cómic moderno. Los temas solían ser moralizantes, promoviendo valores como la obediencia, la generosidad y el respeto.

Gente Menuda fue una de las primeras publicaciones en España en dirigirse específicamente a los niños con historietas regulares, popularizando el formato de viñetas entre el público infantil. Su amplia circulación, gracias al respaldo de Blanco y Negro, la convirtió en un referente para las revistas de tebeos del siglo XX, como TBO.

La revista estaba influenciada por suplementos infantiles europeos, como los de los periódicos británicos y franceses, pero adaptaba su contenido al contexto español, con un tono conservador y familiar.

Todas estas revistas tenían varias cosas en común: Las historietas utilizaban ilustraciones detalladas, a menudo en blanco y negro, aunque En Patufet y Gente Menuda incorporaron color en algunos casos. El estilo variaba desde el realismo costumbrista hasta el modernismo decorativo. Aunque no todas las historietas tenían una estructura secuencial moderna, muchas presentaban viñetas consecutivas que contaban una historia completa en una página. Los diálogos o pies de foto eran esenciales para guiar la narrativa. El humor era un componente clave, pero siempre acompañado de un mensaje educativo o moral. Las historias solían retratar niños traviesos, animales parlantes o personajes folclóricos, reflejando los valores y estereotipos de la época. Y, aunque dirigidas a niños, estas revistas también apelaban a las familias, ya que los padres solían supervisar la lectura. Esto influía en el tono, que evitaba contenidos controvertidos.

Las historietas de La Risa, En Patufet y Gente Menuda estuvieron influenciadas por varias fuentes: Los “aleluyas” y los pliegos de cordel, con sus viñetas narrativas, fueron un antecedente directo. El costumbrismo y las fábulas populares también moldearon los temas y personajes. Las revistas francesas (Le Petit Journal) y británicas (Punch), así como los primeros cómics estadounidenses, inspiraron el formato de viñetas y el humor visual. Y el modernismo en Cataluña (En Patufet) y el auge de la prensa ilustrada en Madrid (Gente Menuda) dieron un carácter distintivo a estas publicaciones.

El legado de estas revistas es innegable. Al introducir historietas dirigidas a niños, popularizaron la narrativa visual secuencial y allanaron el camino para el auge de los tebeos en el siglo XX, con revistas como TBO (1917) y Pulgarcito (1921). Además, su enfoque educativo y su adaptación a los gustos locales consolidaron el cómic como una forma de entretenimiento accesible y culturalmente relevante.


A principios del siglo XX, las revistas especializadas en historietas, conocidas como “tebeos” en España, marcaron un hito en la consolidación del cómic como medio de entretenimiento masivo. Entre ellas, TBO (1917) y Pulgarcito (1921) destacaron como pioneras, definiendo el formato, el estilo y el público de los cómics españoles durante las primeras décadas del siglo XX. Estas publicaciones transformaron la narrativa visual en un fenómeno cultural, dirigidas principalmente a niños y familias, y sentaron las bases para la edad de oro del tebeo español.

El inicio del siglo XX en España estuvo marcado por una creciente urbanización, el aumento de la alfabetización y los avances en las técnicas de impresión, que facilitaron la producción de revistas ilustradas asequibles. La prensa infantil, que ya había experimentado un auge a finales del siglo XIX con publicaciones como En Patufet y Gente Menuda, evolucionó hacia formatos más centrados en las historietas, impulsada por la popularidad de los cómics europeos y estadounidenses. En este contexto, TBO y Pulgarcito surgieron como respuestas a la demanda de entretenimiento accesible, combinando humor, aventuras y valores educativos en un formato atractivo para un público amplio.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) y la neutralidad de España favorecieron la importación de influencias extranjeras, especialmente de Francia y Estados Unidos, donde los cómics en prensa ya eran un fenómeno consolidado. Sin embargo, TBO y Pulgarcito adaptaron estas influencias al contexto español, incorporando elementos costumbristas y un humor cercano a la realidad local.


TBO fue lanzado en 1917 en Barcelona por la editorial Buigas, Estivill y Viña, bajo la dirección de Joaquim Buigas. Su nombre, que originalmente no significaba nada específico, se convirtió en sinónimo de cómic en España, dando origen al término “tebeo”. La revista, de periodicidad semanal, tenía un formato pequeño (similar a un cuaderno) y combinaba historietas, chistes, pasatiempos y secciones educativas. Sus páginas, inicialmente en blanco y negro, incorporaron color en portadas y algunas viñetas con el tiempo. Dirigida a niños y familias, TBO apelaba a un público intergeneracional gracias a su humor blanco y su tono moralizante. TBO destacaba por sus viñetas secuenciales, que narraban historias cortas con personajes recurrentes. Una de sus secciones más emblemáticas era Los grandes inventos del TBO, creada por Nit (Ricard Opisso), que presentaba inventos absurdos y humorísticos, como máquinas para pelar patatas o despertadores extravagantes. Aunque TBO no tuvo personajes tan icónicos como los de otras revistas, figuras como La familia Ulises (creada en 1944, pero representativa del estilo de la revista) reflejaban la vida cotidiana de la clase media española con humor costumbrista. Las ilustraciones eran simples pero expresivas, con un enfoque en la claridad narrativa. Artistas como Ricard Opisso, Josep Coll y Benejam aportaron un estilo influenciado por el modernismo catalán y los cómics europeos. Las historietas combinaban humor, aventuras y sátira ligera, evitando temas controvertidos. Las historias solían incluir lecciones morales, como la importancia del trabajo o la honestidad.


TBO fue la primera revista española en centrarse casi exclusivamente en historietas, popularizando el formato de viñetas secuenciales y personajes recurrentes. Su éxito comercial y su larga trayectoria (con interrupciones durante la Guerra Civil y la posguerra) la convirtieron en un referente cultural. La revista influyó en generaciones de lectores y creadores, estableciendo un modelo para otras publicaciones de tebeos. Su tono familiar y su humor accesible la hicieron un símbolo de la infancia en España. TBO también exportó su formato a otros países de habla hispana, consolidando el cómic como un medio global.


Pulgarcito fue lanzada en 1921 en Barcelona por la Editorial El Gato Negro (más tarde Ediciones B), fundada por Juan Bruguera. Su nombre evocaba el cuento popular del niño pequeño pero astuto, reflejando su enfoque en historias ingeniosas. Similar a TBO, Pulgarcito era una revista semanal de pequeño formato, con una mezcla de historietas, chistes y pasatiempos. Su diseño evolucionó desde páginas en blanco y negro hasta el uso de color en portadas y secciones destacadas. Aunque dirigida principalmente a niños, Pulgarcito también atraía a adolescentes y adultos con su humor más atrevido y sus historias de aventuras. Pulgarcito se especializó en historietas cortas con un fuerte componente humorístico, aunque también incluía aventuras y relatos fantásticos. Las viñetas eran dinámicas, con un ritmo narrativo más rápido que el de TBO. En sus primeras décadas, Pulgarcito no tuvo personajes tan definidos como los de su etapa posterior (como Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape, creados en la posguerra). Sin embargo, las historias presentaban arquetipos como niños traviesos, vagabundos ingeniosos o animales parlantes. Artistas como Josep Escobar, Juan García Iranzo y Peñarroya (activos en las primeras décadas) desarrollaron un estilo caricaturesco, con personajes de rasgos exagerados y escenarios detallados. El estilo estaba influenciado por los cómics estadounidenses, como The Katzenjammer Kids. Las historietas de Pulgarcito combinaban humor slapstick, sátira social y aventuras. Aunque el tono era ligero, las historias a veces reflejaban las dificultades de la vida urbana, como la pobreza o la picaresca.


Pulgarcito fue una de las revistas más influyentes de su tiempo, rivalizando con TBO en popularidad. Su enfoque en el humor y la aventura la hizo especialmente atractiva para los niños, consolidando el tebeo como un medio de masas. La revista fue un semillero de talentos, y su editorial, Bruguera, se convirtió en la principal productora de cómics en España durante el siglo XX. Las innovaciones narrativas y visuales de Pulgarcito influyeron en la “escuela Bruguera” de los años 40 y 50. A pesar de las interrupciones durante la Guerra Civil y la censura franquista, Pulgarcito se reinventó en la posguerra, introduciendo personajes icónicos que definieron el cómic español.

Ambas revistas se nutrieron de la tradición española de los “aleluyas”, el costumbrismo y la prensa satírica del siglo XIX. El humor picaresco y los personajes de la vida cotidiana reflejaban la cultura local. TBO se inspiró en revistas francesas como L’Illustration y en los suplementos dominicales estadounidenses, mientras que Pulgarcito adoptó el dinamismo y el humor slapstick de cómics como The Katzenjammer Kids de Rudolph Dirks. La impresión en color y las técnicas de reproducción masiva permitieron que ambas revistas fueran asequibles, con tiradas que alcanzaban decenas de miles de ejemplares.

TBO y Pulgarcito fueron fundamentales para el auge del cómic en España: Convirtieron las historietas en un entretenimiento masivo, accesible a todas las clases sociales. Su formato portátil y su precio bajo las hicieron omnipresentes en quioscos y hogares. Ambas revistas impulsaron la profesionalización de los dibujantes y guionistas, creando una industria del cómic que floreció en las décadas siguientes. Los tebeos se convirtieron en un reflejo de la sociedad española, desde las aspiraciones de la clase media (TBO) hasta las luchas cotidianas de los menos privilegiados (Pulgarcito). Las innovaciones de estas revistas, como los personajes recurrentes y las viñetas secuenciales, allanaron el camino para la edad de oro del tebeo español en los años 40 y 50, con obras maestras de la escuela Bruguera y otras editoriales.


El auge de TBO y Pulgarcito a principios del siglo XX marcó un punto de inflexión en la historia del cómic español, consolidando el tebeo como un medio de entretenimiento y expresión cultural. TBO, con su humor familiar y su estilo elegante, y Pulgarcito, con su dinamismo y su tono picaresco, capturaron la imaginación de generaciones de lectores, definiendo los gustos y las expectativas del público infantil y juvenil. Su éxito no solo reflejó las dinámicas sociales y tecnológicas de su tiempo, sino que también estableció un legado duradero que convirtió a España en una potencia del cómic durante el siglo XX. Estas revistas no solo dieron nombre al tebeo, sino que lo convirtieron en un símbolo de la cultura popular española.



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