El volumen de una sombra

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  • CONVERSACIONES CON MI GATO: Háblame, silencio, cuéntame… de David de Molay.

    ¡Háblame, silencio, cuéntame todo lo que no está dicho! ¡Qué hermoso debe ser aquello que guardas cuando lo has hecho patrimonio tuyo! ¡Háblame, silencio, cuéntame o déjame descubrir en tu interior lo sublime que es tu paz!

    Cuando los sentidos y sentimientos quedan ingrávidos entre quimeras de extrañas metáforas y no se hallan palabras capaces de formar oración alguna apta en expresa lo que se necesita, crece la desazón al ver que, a veces, la vida se comporta de forma extraña, girando a rumbos insólitos, mas la pena se agrava, pues no tiene sentido saber que, como las rosas, los ángeles también mueren.

    ¡Háblame, silencio, cuéntame 
    todo lo que no está dicho!
    ¡Qué hermoso debe ser aquello que guardas 
    cuando lo has hecho patrimonio tuyo!
    ¡Háblame, silencio, cuéntame 
    o déjame descubrir en tu interior 
    lo sublime que es tu paz!
    
    Mirarte a los ojos y besar tus labios, 
    es lo que quiero, 
    mirarte y besarte cada mañana cuando despierto.
    Que tu aliento calme la sed de ti, 
    es lo que quiero, 
    y beber de la fuente de tus deseos, 
    mirarte y besarte cada mañana cuando despierto.
    Pensar que no estoy lejano de tus pensamientos, 
    es lo que quiero, 
    que estoy cercano a tus anhelos, 
    mirarte y besarte cada mañana cuando despierto.
    
    No sé por qué razón, ni explicación alguna, en mi vigilia buscaba inspiración… siempre me embargaba la necesidad de acudir a la deseada cita entre la tinta y el papel.
    Primero quise embelesarme en la lisura del verso, mas no encontraba la rima, ni si quiera el ritmo de la prosa.
    Decidí dar libertad a los sentimientos y dejarme llevar por lo que me dictara el cielo.
    Y comencé… puse puntos suspensivos y abrí el texto con dos puntos y un aparte:
    
    Como se abren las rosas 
    en las mañanas de abril 
    se abren tus deseos 
    y en tu rostro el ángel 
    que hay en ti. 
    Frágil es tu corazón 
    y más tu razón, 
    pero esa fragilidad 
    es tu hermosa armonía 
    y la luz de tu interior. 
    Luchas, luchas,
     tu sentimiento se violenta 
    y desafía a la mente, 
    aunque tú lo sabes… 
    el sentido de la vida 
    se esconde en tu corazón.
     Busca respuestas en los amaneceres, 
    medita al atardecer y encontrarás la paz 
    en la hermosura de la noche.
    
    Como confieso al comienzo de este romance, no sé por qué razón ni explicación alguna, en mi vigilia buscaba la inspiración, pues me embargaba la necesidad de acudir a la siempre deseada cita entre la tinta y el papel.
    Y lo conseguí: pasé del verso y olvidé la prosa, mas busqué lo que el cielo me dictara y, antes de finalizar la hoja, la rubricaré y le daré destino, pues desde este instante quedará para siempre escrita, mas como testigos y dan fe la tinta y el papel.
    ¡Que este será el Romance para Cristina!
    
    ORACIÓN DE LA SERENIDAD
    
    Señor, te doy gracias por concederme un instante de serenidad para observarme tal cual soy y aceptarme con mis virtudes y defectos. Concédeme prolongar este momento a cada instante en mi vida. Que de la observación equilibrada pase al sentimiento armónico. 
    Señor, te ruego que el amor que Tú representas me impulse a la decidida acción de progresar en todos los aspectos de mi vida. Que la salud se manifieste en este estado de armonía, como consecuencia de una búsqueda del equilibrio integral. 
    Señor, permite que mi cuerpo, mi mente y mi alma se encaminen hacia la perfección. 
    Señor, condúceme para que, cuando la naturaleza fije el fin de un ciclo sobre esta tierra, esté preparado para dar el próximo paso hacia ti, con la serenidad que en este instante irradio.
    Amén,
    
  • ÉRASE UNA VEZ: El ahogado más hermoso del mundo, de Gabriel García Márquez, por Melquíades Walker.

    No hace falta presentar a Gabriel García Márquez, ni tan siquiera sorprenderá a los lectores la desbordante imaginación desplegada en este relato en el cual, un hombre ahogado encalla en una playa donde lo descubren unos niños, pero cuando los habitantes de aquella pequeña aldea descubren su estatura y belleza, su vida aislada y estéril cambiará por completo y entonces se darán cuenta de que existe otro mundo mucho más amplio, abierto y rico.

    García Márquez emplea el recurso de un narrador omnisciente e invasivo quien describe la acción y nos cuenta lo que piensan y sienten los habitantes de la aldea, primero encasillados en sus estrechos conocimientos: “a pesar de que lo estaban mirando, no había un lugar para él en su imaginación”. Porque el mundo de aquellas gentes era diminuto: “El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico”. Por eso, al verlo tan grande pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados”. Sin embargo, a medida que avanza el desarrollo de la historia, la gente de aquel pequeño pueblo va cambiando a causa de la novedad de la aparición de aquel cuerpo, algo nuevo que rompió la rutinaria normalidad y las cosas ya no se podían ver igual que antes: “pero también sabían que todo sería diferentes a partir de ese momento…” Y todo mediante una narración hiperbólica que recrea un mundo mágico y mítico al mismo tiempo.

    El único personaje individual del relato es el hombre muerto, el cual funciona como catalizador y cuya belleza y estatura poseen la capacidad de transformar a los aldeanos. El resto de personajes aparecen en plural: los niños, las mujeres y los hombres. El hombre muerto es el símbolo necesario para abrir sus mentes y su imaginación más allá de su mundo cotidiano, más allá de sus horizontes repetidos. Surge la fantasía y descubren la belleza. Y al ponerle un nombre, Esteban, lo hacen suyo, y al devolverlo al mar en un funeral organizado por todos, se convierten en sus parientes, y eso les une como nunca antes lo habían estado. Y hasta los acantilados pedregosos y estériles, se llenan de flores para que todos los marinos que los vean desde el mar puedan decir que aquel es el pueblo de Esteban.

    Tal vez, el último paso de la creación fue el de poner nombres a las cosas, pues, de hecho, al poseer su propio nombre, las cosas comenzaron a existir.

    El ahogado más hermoso del mundo

    Gabriel García Márquez

    Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

    Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

    No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor a que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que arrojarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

    Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con hierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

    No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la Tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

    -Tiene cara de llamarse Esteban.

    Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar por la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la Tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

    -¡Bendito sea Dios -suspiraron-: es nuestro!

    Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta indolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

    Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta que estaba avergonzado, que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora, de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

    Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en alta mar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

  • ASUNTOS DE LOS SUEÑOS: Ana (2), por Lily Roses

    Estoy llevando a Lucía (bueno, a una versión demasiado adulta de Myrttle la Llorona) a su casa, cuando leo el mensaje de María.

    Me parece descortés desatender a Lucía para decir a mí amiga que su casa se quema. Que se espere un poco.

    Tengo la cabeza demasiado embotellada, además, para dramas ajenos… como si el percal que tengo yo aquí no fuese suficiente.

    La tía no para de llorar, es un mar de lágrimas que me está empezando a sacar de mis casillas. De hecho, me tiembla un poco el pulso al volante. Sé que estoy siendo una egoísta de mierda, pero coño, tampoco es para tanto. Sólo es un bebé.

    Sólo es un bebé.

    Sólo es un bebé.

    Si lo repito, en mi cabeza al final parece algo tan banal como una verruga en la punta de la nariz. Claro, porque no soy yo la que está preñada… ahí ya estaríamos hablando de verrugas más vergonzosas en zonas más feas. O algo así.

    – ¿Y por qué no abortas?

    Lo suelto así, como si fuera un tema fácil de la leche. Como quien va al dermatólogo a que le quiten la horrenda protuberancia.

    Conozco a una chica de la academia que también tuvo que abortar. A ver, asumámoslo, es lo más sensato. Somos bailarinas, nuestro futuro depende de estar en plenas condiciones y además somos jóvenes.

    A esa chica no le costó mucho tomar la decisión. Desde el día que lo supo, lo tuvo claro. Ella tenía una mala situación con su pareja y toda una vida por vivir. Como Lucía.

    – Supongo que es lo mejor… supongo.

    Suspira profundamente. ¿Cómo que supone? He visto daltónicos más seguros a la hora de cruzar un semáforo… ¡Esta chica me va a costar la cordura!

    Resoplo y aparco en doble fila. Estoy en la puerta de su piso. Perdón, de su loft diáfano de ultimísima moda en cuanto a decoración. Igualito que mi casa.

    – ¿Subes conmigo un rato? No quiero estar sola.

    Me mira con una expresión tan lastimera que me siento incapaz de decirle que no.

    – Voy a aparcar ¿Vale? Ahora subo.

    Ella asiente y baja del coche. Espero a que cruce la calle y entre para dar un cabezazo tremendo al volante, haciendo sonar el claxon.

    – Me cago en los soldaditos veloces que la madre de Manolo puso a su hijo y en el liberalismo del siglo XXI.

    Marco el número de María, da tono y al segundo responde.

    – ¿Qué quieres?

    Me suelta. Casi un gruñido. Suspiro. Lo que me faltaba.

    – Tu casa se quema.

    Casi oigo chirriar sus dientes, ¿Tan mal ha ido la cita? Entre toda la historia de Julián, la cual, por cierto, yo me chupé desde el primer día hasta el último, y el caso “Charly y la fábrica de incoherencias” María está bipolar perdida la pobre. No la mando a la mierda porque, pese a todo, la quiero.

    – Como si se quema la maldita ciudad entera.

    Cuelga.

    – Pues vale.

    Respondo al teléfono que me devuelve pitidos de desconexión.

    Desde luego, tenemos el maldito mundo enrevesado que nos hemos buscado. Es todo lo que sé. ¿Y quién me mandaría a mí acabar enamorada de un tío con novia? Toda una vida totalmente sola, centrada en lo que importaba, para que viniese un tocapelotas a revolucionar mis entrañas.

    Yo nunca he sido de tomar el camino fácil. No lo hice cuando decidí estudiar baile en vez de una carrera. Y no lo hice cuando decidí hacerlo en Barcelona en vez de en el conservatorio más cercano a mi pequeño. pero entrañable, pueblo perdido de la mano de dios.

    Sé que, para algunas de mis amigas, la aldea (como María y yo la llamamos) es más que suficiente, pero no lo es para nosotras dos… Por cuestiones bien diferentes…

    A mí se me quedaba demasiado pequeña y para María era una cárcel llena de recuerdos que la atosigaban día y noche.

    Envidio, de verdad envidio, a aquellos que se conforman con tan poco. Una tienda, un bar, un parque, una plaza mayor… y millones de naranjos y pinos que nos rodean allí como guardianes perennes. ¡Y la vida es fácil así! Sin más.

    Pues no, la vida así no es fácil para mí. Al contrario, es abrumadoramente complicada. Apuesto a que quien sepa lo que es pasear y que te critiquen por llevar unas botas demasiado modernas o salir a deshoras a tomar algo y que te conviertas en el foco de todos los critiqueos de la tercera edad… sabe a lo que me refiero.

    Por no hablar del clásico “¿Qué hacemos hoy?” Cuya única respuesta posible es “Ir a tomar algo al bar junto a los abueletes que berrean en sus partidas de dominó o guiñote”. Virgen santa, me asfixio de solo pensarlo…

    Y claro, con los tíos yo no iba a ser diferente, ¿Por qué conformarme con una relación normal en la que él solo me quisiera a mí? ¿De qué me serviría confiar a mí en mi pareja? Si es que se le puede llamar pareja.

    Hay días en los que confiar en sus palabras en tan difícil que la paranoia en mi cabeza es tan grande que la lobotomía parece ser la mejor de las opciones.

    ¡Es que soy idiota! ¡Qué coño va a estar enamorándose de mí y que otro coño va a dejarla si ahora la muy victimista se ha quedado preñada! ¡Seguro que lo ha hecho a propósito! ¡Y yo más gilipollas todavía, si es que puedo serlo más, porque aquí estoy, haciendo de hombro sobre el que ella llore!

    ¡TO-CA-ME-LA-FLOR!

    No sé ni cómo he llegado hasta el portal de Lucía, pero lo he hecho. De verdad, no sé ni dónde he aparcado. Mis periodos de ausencia mental cada día son más exagerados y empiezo a preocuparme bastante.

    Toco el timbre y me descuelga rápido. Abre.

    Vive en el último piso… sin ascensor. ¡Por eso tiene las piernas tan perfectas! ¡Ella no necesita gimnasio!

    ¡Cómo la odio, joder, como la odio!

    Ya estoy arriba, abre la puerta. Ya no llora, pero se la ve realmente nerviosa. Se muerde el labio inferior y sin preparación ninguna, ¡ME BESA!

  • PENSAMIENTOS: Sobre la diligencia.

    Como todo en la vida, también las virtudes deben poseerse en una confortable medida, pues tanto la persona perezosa, como la que desprende mucha actividad, pueden alterarnos los nervios, así pues, la justa diligencia es lo más apropiado. Pero dejemos que los grandes nombres nos expongan sus magnas ideas para poder reflexionar sobre ellas:

    Abreu Gómez, Ermilio

    Hay hombres de espíritu levantado, impaciente. Para éstos una mañana ya es el principio de una tarde.

    Augusto

    Apresúrate con calma.

    Bacon, Francis

    No existe ningún secreto que nada pueda comprenderse con la rapidez.

    Boileau, Nicolás

    Apresuraros paso a paso y, sin perder ánimos, insistid veinte veces en retocar vuestra obra.

    Cervantes, Miguel de

    Las doncellas ocupadas, más ponen su pensamiento en acabar sus tareas que en pensar en sus amores.

    La diligencia es madre de la buena ventura.

    Chesterfield

    Lo que merece ser hecho, merece que se haga bien.

    Si te propones mandar algún día con dignidad, debes saber hacerlo con diligencia.

    Cornelio Escipión, Publio

    No me gustan las personas demasiado diligentes.

    Fuller, Thomas

    El cuidado y la diligencia traen suerte.

    Gracián, Baltasar

    El despejo en todo. Es vida de las prendas aliento del decir, alma del hacer, realce de los mismos realces.

    Harto presto si harto bien.

    Obró mucho el que nada dejó para mañana.

    Tanto necesita la diligencia de la inteligencia, como, al contrario, la una sin la otra, valen poco; juntas, pueden mucho.

    Gutiérrez Zambrano, Efraín

    El placer acompaña al ocio, generalmente, mientras que la alegría es inseparable amiga de la diligencia.

    Harvey, Gabriel

    El que quiera medrar, levántese a las cinco; el que ha medrado puede dormir hasta las siete; el que no tiene ambición de medrar puede dormir hasta las once.

    Hone, William

    Una hora por la mañana antes del desayuno vale por dos cualesquiera del resto del día.

    Horacio Flaco, Quinto

    Apresúrate siempre hacia la solución.

    Huarte, Juan

    No hay otra fortuna sino Dios y la buena diligencia del hombre.

    Isócrates

    Reflexiona con lentitud, pero ejecuta rápidamente tus decisiones.

    Johnson, Samuel

    Hay pocas cosas que resulten imposibles de las manos de la paciencia y de la diligencia.

    Pocas cosas resultan imposibles para la diligencia y la actividad.

    Kempis, Tomás de

    Un hombre animoso y diligente está siempre preparado para todo.

    Laboulaye, Eduardo

    No diferir nada, es el secreto más excelente del que conoce el valor del tiempo y necesidad propia.

    Llull, Ramón

    La diligencia pronto compra y deprisa vende.

    Lulio, Raimundo

    A gran necesidad, gran diligencia.

    Neville, Katherine

    La información es poder si se usa con rapidez y eficacia.

    Ovidio Nasón, Publio

    Apresúrate; no te fíes de las horas venideras. El que hoy no está dispuesto, menos lo estará mañana.

    Plaza, Antonio

    Obra mucho y cierra el labio, / que llega a su fin más pronto, / con su actividad el tonto / que con su pereza el sabio.

    San Agustín

    Donde falta la destreza supla diligencia.

    Schiller, Friedrich

    Lo principal es la diligencia, ya que ésta nos proporciona no solo los medios de vivir, sino que da a la vida un exclusivo valor.

    Scovel, Florence

    El equilibrio es como una roca. Veo con claridad y actúo con rapidez.

    Séneca

    La diligencia nos parece tardanza cuando deseamos una cosa.

    La diligencia es una gran ayuda para el que posee un mediocre ingenio.

    Sófocles

    La oportuna diligencia proporciona sueño y descanso después de la fatiga.

    Suetonio

    Apresúrate lentamente.

    Tito Livio

    El consejo que la presteza en la ejecución hace seguro, lo hace frecuentemente temerario la tardanza.

    Virgilio

    Sin tardanza y sin descanso.

    Vives, Juan Luis

    La diligencia en escuchar es el más breve camino hacia la ciencia.

  • EFEMÉRIDES: Novelas de cine.

    Muchas novelas han sido llevadas a la gran, mediana o pequeña pantalla. Tantas que, cuando logro acabar de escribir algún libro, siempre está el amiguete gracioso que me asegura: “ya lo leeré cuando salga en película”. Pero, bromas aparte, la narrativa es la fuente de la que se sustenta la producción cinematográfica, pues, si nadie escribiera historias, ¿qué se filmaría?… ¿documentales?… y hasta estos necesitan de un guion…

    En este número celebramos los aniversarios de los nacimientos de algunos de los grandes de la literatura nacional y por extensión, internacional. Por ejemplo, en junio se cumplen ciento quince años de la llegada a este mundo de Max Aub, ciento veinte del nacimiento de Federico García Lorca, ciento cuarenta y cinco del de Azorín o cuatrocientos setenta y seis del de San Juan de la Cruz.

    Pero, así mismo, en junio nacieron los autores que os proponemos para el juego, el cual consiste en que os mostraremos fotogramas de unas películas basadas en novelas creadas por estos escritores o escritoras, os aportamos que todos nacieron en febrero y el nombre de algunos actores y actrices que participaron en las adaptaciones, así como el de las personas que las dirigieron y, con esos datos, y algún que otro más que se nos irá escapando, deberéis acertar el nombre del autor o autora, el título de la novela y el de la película, si es diferente al del libro.

    1 – Esta mujer tuvo un enorme éxito con este polémico libro. En la adaptación de su novela, en forma de miniserie, actuaron Richard Chamberlain y Raches Ward y fue dirigida por Daryl Duke, con música de Henry Mancini. Recibió seis premios Emmy y cuatro Globos de Oro.

    2 – Este hombre escribió una gran novela que dio comienzo a una saga y pie a una miniserie dirigida por Sergio Mimica-Gezzan, encontrándose entre su reparto Donald Sutherland, Ian McShane, Rufus Sewell y Eddie Redmayne.

    3 – Aquí buscamos a un autor cuya novela más conocida fue llevada al cine por Hans W. Geissendörfer y donde actuaron, entre otros, Werner Eichhorn, Rod Steiger y Marie-France Pisier.

    4 – Dirigida por Imanol Uribe y con un largo reparto entre quienes se encontraban Gabino Diego, Anne Roussel, Juan Diego, Javier Gurruchaga o Fernando Fernán Gómez, esta película se basaba en la novela de un escritor español.

    5 – No vamos a discutir que este hombre era un romántico y él mismo escribió el guion de la película basada en su novela más conocida, la cual fue dirigida por Arthur Hiller, siendo interpretada en sus principales papeles por Ali MacGraw y Ryan O’Neal, y la verdad es fue un éxito, pues nada menos que estuvo nominada a siete Oscar, llevándose uno, y consiguió cinco Globos de Oro.

    6 – Este hombre, en cambio, tenía preferencia por los libros de aventuras y, de uno de tantos como escribió, se realizaron varias versiones cinematográficas, sin embargo, la mejor fue la primera, donde actuaron Deborah Kerr, Stewart Granger y Richard Carlson, bajo la codirección de Compton Benett y Andrew Marton.

    7 – El autor que viene ahora es más conocido por su seudónimo que por su nombre verdadero y sus novelas son de esas que te tienen en tensión desde el principio hasta el final, además de tener la facultad de anticiparse a su tiempo, como en la novela cuya versión para cine fue dirigida por Michael Radford, teniendo como protagonistas a John Hurt, Richard Burton, Suzanna Hamilton y Cyril Cusack.

    8 – Y para concluir buscamos el nombre de una mujer cuyas novelas nos llevaban a lugares remotos y a aventuras insospechadas, una de ellas sirvió a Sidney Franklin para hacer una inolvidable película con Paul Muni, Luise Rainer y Walter Connolly en los principales papeles.

    Bueno, y eso es todo por hoy, tampoco pensamos que sea demasiado difícil. Suerte y felices lecturas.

  • MIS AMIGOS LOS LIBROS: Berta Isla, de Javier Marías

    Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.

    “La espera tiene algo de adictivo, todo está todavía abierto. Todas las posibilidades, la ideal y la nefasta, están por decidirse”

    Javier Marías

    Creemos conocer a las personas cercanas, aquellas a las que queremos y nos quieren, aquellas con las que convivimos, con las que habitamos, con las que dormimos… pero ¿de verdad sabemos todo de sus vidas, de sus actos, de sus relaciones, de sus pensamientos y vivencias?… Si en numerosas ocasiones nos sorprendemos de nosotros mismos, ¿cómo podemos estar seguros de las reacciones de los otros?… ¿Quién es ese hombre, o esa mujer, que yace contigo, a tu lado, sintiendo su cuerpo cálido pegado al tuyo, y con quien, tal vez, acabas de recorrer los gratos senderos del sexo?… ¿Cuántos secretos encierra?, ¿qué pesadillas le atormentan?, ¿de qué se arrepiente o a quién añora?… No es necesario mentir para no decir la verdad, pues el silencio puede esconder todo un universo.

    “Berta Isla”, la decimoquinta novela de Javier Marías, nos habla de las dudas, de las mentiras, de la soledad, de un mundo repleto de confusión y de miedos, pero también de esperanza, de deseos, de la relatividad del tiempo dependiendo de si se desea que se aligere o se detenga. José María Pozuelo Yvancos, ponente del Jurado del Premio de la Crítica que le fue concedido a Javier Marías por esta historia, dijo de ella que era una novela de gran altura en el contexto de la narrativa europea, y añadía: “se sirve del género del espionaje para hacer bajar al lector a las profundidades de la condición humana y con su original estilo combina reflexión y acción, al que añade momentos líricos para entrar en grandes asuntos universales como el amor, los secretos, la impenetrabilidad del otro o la falta de ética de las cloacas del Estado”.

    “Berta Isla” es una novela de acción, aunque no de movimiento, pues de sus protagonistas no vemos sus actos sino sus pensamientos, sus reflexiones y sus sentimientos, pero no nos hace falta saber cómo pasó, pues conocemos sus consecuencias.

    Tomás (Tom) Nevinson y Berta son pareja desde la adolescencia y, a pesar de sus mutuas infidelidades, saben que están predestinados al matrimonio, pero Tom, hijo de un diplomático inglés y de una profesora española, posee el don de las lenguas y el dominio de cualquier acento del planeta, por lo que los servicios de inteligencia ingleses no tardan en interesarse por su persona y no cejarán hasta reclutarlo. Y desde ese momento, Tom deja de tener su voz propia para hablar con otra prestada.

    Cuando te aventuras por sus páginas, unas veces de la mano de un narrador en tercera persona y otras por la primera voz de ambos protagonistas, te encuentras con reflexiones y vivencias tan familiares que llegas a pensar que hablan de ti, y te vas dejando atrapar. La prosa de Marías te va enredando en su envoltura digresiva, dándonos los datos necesarios, unas veces con versos de Eliot o Shakespeare o fragmentos de Flaubert, otras con meras reflexiones, a veces con momentos de confusión o aturdimiento, para que vayamos descubriendo por nosotros mismos la verdad de las cosas.

    Berta es como una moderna Penélope, siempre esperando a quien se fue, deseando su regreso, aunque, a veces, también temiéndolo porque las dudas le van minando la paciente espera y recela que tal vez, después de tanto tiempo, ya no sea el mismo, pues nadie, tras el paso del tiempo, que todo lo desgasta, que todo lo consume, que todo lo transforma, permanecemos siempre iguales. Incluso ella evoluciona desde una sospecha callada sobre la moralidad del trabajo de su marido, hacia una aceptación de esa parte oscura de su vida que desconoce. O él, un joven con un futuro prometedor e imbuido de buenas intenciones, se ve arrastrado a hacer aquello que no quería, autoengañándose de tal modo, que llega a justificarlo con convencimiento.

    La novela, así mismo, reflexiona, o nos hace reflexionar, sobre la historia reciente, desde los últimos días de la vida de Franco, las revueltas estudiantiles, la transición democrática, los gobiernos de Margaret Thatcher, la guerra de las Malvinas, la del Ulster o la caída del Muro de Berlín. Viendo cómo cambian los pueblos y cómo los enemigos se convierten en amigos y éstos en enemigos, dejando de tener claro a quién debemos ser leales y de quiénes nos debemos cuidar. Y todo visto desde la cadencia de una vida normal si no fuera por la constante espera y el eterno vacío existencial.

    Berta es la imagen de alguien que mira desde un balcón esperando un cambio en la cotidianidad de su existencia, algo que trastoque el orden, algo que le indique que todavía hay vida.

  • LA MÁQUINA DEL TIEMPO: La hija del capitán Groc, de Víctor Amela.

    Don Carlos

    Manuela Penarrocha tiene trece años. Sentada en una sillita baja de enea en el portal de su casa, cose las alpargatas como nadie. La niña de ojos grises y cabellos de oro recuerda a su padre. Él, como el resto de carlistas, hombre de alpargata, garrote, trabuco y faca en los pliegues de la faja, ha llevado unas como estas para hacer la guerra. Quiere abrazarlo, sentir el calor de su beso en la frente. Añora su mirada dura y a la vez llena de ternura, su risa honda. Solo espera que vuelva para verlo luchar de nuevo por sus ideales, para devolver a su familia y al pueblo la dignidad perdida, a vida o muerte. Por el color de sus cabellos, su padre, Tomàs Penarrocha Penarrocha, es para todos en Forcall conocido como el Groc.

    Fernando VII, tres años antes de su muerte, viendo que ya era imposible tener descendencia masculina directa, promulgó la Pragmática Sanción, mediante la cual se derogaba el Reglamento de sucesión establecido por Felipe V un siglo antes, más conocido por la Ley Sálica, que establecía la prohibición de heredar el trono a las mujeres, por lo cual su hija Isabel, una niña de apenas tres años, a la muerte del rey, se convertía en Princesa de Asturias en detrimento de su tío Carlos María Isidro.

    Al ser menor de edad Isabel, asumió la regencia su madre María Cristina de Borbón quien tuvo que apoyarse en los liberales para poder salvaguardar el trono de su hija ante el levantamiento de los absolutistas favorables al reinado de Carlos. De esta forma comienza un periodo de guerras civiles en España entre dos bandos totalmente antagónicos: los carlistas o apostólicos, que representaban la concepción de una sociedad tradicional y reaccionaria, tal como rezaba en su lema: “Dios, Patria, Rey”, afincada principalmente en el mundo rural, y la modernidad representada por los isabelinos o cristinos, engrosada, mayoritariamente, por la media y alta burguesía ciudadana.

    Cabrera

    Estas guerras carlistas fueron tres, con varios alzamientos puntuales entre ellas: La primera, que duró desde 1833 hasta 1840; la segunda, desde 1846 a 1849, y la tercera, desde 1872 a 1876. Los sucesos que nos ocupan en este libro ocurrieron al finalizar la primera, la cual comenzó a la muerte de Fernando VII y nombrarse heredera su hija Isabel gracias a la Pragmática Sanción, como ya hemos citado anteriormente, sin embargo, el hermano del difunto monarca se consideraba el único heredero al trono, por lo que Carlos María Isidro de Borbón reunió un ejército de incondicionales y se dirigió hacia Madrid, con el apoyo de los reinos absolutistas de Europa: Rusia, Austria y Prusia, aunque nunca logró entrar en la capital defendida por el ejército de la regente, apoyada, a su vez, por los reinos más liberales del continente: Inglaterra, Francia y Portugal. En el inicio, las fuerzas carlistas, comandadas por el general Zumalacárregui, adquirieron una cierta ventaja, sin embargo, tras la muerte de éste en el sitio de Bilbao, el general Espartero, al frente de las tropas isabelinas, cogió la iniciativa acabando por conseguir la victoria, firmándose la paz mediante el Convenio de Vergara, en 1939, entre los generales Espartero, en nombre de la reina, y Moreto, representando a Carlos, en el cual también se acordaba mantener los fueros de las provincias rebeldes de Navarra y el País Vasco, además de la integración en el ejército liberal de todos los oficiales carlistas. Pero no todos estuvieron de acuerdo, y en una zona montañosa a caballo entre las provincias de Teruel, Tarragona y Castellón, el Maestrazgo, con centro en la ciudad castellonense de Morella, el general Cabrera mantuvo la guerra un año más.

    Durante esta primera guerra carlista, en las comarcas del Maestrazgo y Els Ports se hizo fuerte la figura de Ramón Cabrera, apodado “El Tigre del Maestrazgo”, comandando las tropas de voluntarios adictos a la causa de Carlos María Isidro, y uno de estos voluntarios era Tomás Penarrocha, natural de la población de Forcall, donde era conocido como “El Groc” por el color rubio de su pelo y barba, quien luchando a las órdenes de su líder, adquirió una gran fama por su valentía y decisión, hasta ser considerado por sus convecinos como un héroe, por lo que fue nombrado cabeza de los voluntarios. Al ser finalmente derrotado Cabrera en 1840, y partiendo éste con sus hombres al exilio en Francia, el Groc decidió continuar por su cuenta la lucha por las montañas de su tierra, unas veces acompañado de otros rebeldes y otras en solitario, desde 1841 hasta 1844, en lo que los lugareños llamaron “la guerra del Groc”, adquiriendo esta rebelión la categoría de leyenda.

    Víctor Amela, autor de La hija del capitán Groc, ha escrito su novela dándole un sabor épico, sin pretender disfrazar ni ocultar los horrores cometidos por el protagonista, aunque ellos casi siempre respondieran a otros similares perpetrados por el bando contrario, como tristemente suele ocurrir en todas las guerras, y más en las que andan por medio las ideologías intransigentes. Este hombre vivía, y estaba dispuesto a morir, por defender su forma de vida basada en el lema “Dios, Patria, Rey”, y su firme voluntad era capaz de arrastrar a la locura colectiva del fanatismo a una multitud de hombres de aquellos pueblos serranos, pero mientras ellos se batían en su guerra particular por los montes, masías y caminos, en los pueblos sufrían las consecuencias las mujeres y los niños a las manos despiadadas de soldados vengativos y crueles. Por ello, ante las posibles acusaciones de maniqueísmo en el tratamiento de ambos bandos en la novela, Víctor Amela se defiende: “Hay una mirada compasiva tanto por los carlistas como por los liberales, pues todos se vieron arrastrados por sus respectivas ideas a un drama cruento. El protagonismo de los carlistas me obliga a presentarlos bajo una luz íntima que permita al lector empatizar con ellos, para que comprenda hasta qué punto todos somos víctimas trágicas de los ideales que nos poseen. No tenemos ideas: las ideas nos tienen a nosotros”. Y entre tanta miseria moral, al Groc solo le salvaba el amor que sentía por su hija Manuela, una niña de catorce años capaz de serle fiel a pesar de la prisión y el exilio.

    Es esta una novela básicamente histórica, como nos aclara el propio autor al final de la misma: “Los bandos, los edictos, las proclamas, los artículos de prensa, las epístolas y las partidas de nacimiento y defunción que aparecen en la novela transcriben documentos auténticos. Los personajes de esta novela existieron hace ciento setenta y dos años, y respeto sus cronologías y los hechos principales que protagonizaron”. Víctor Amela, barcelonés de nacimiento, pero con raíces forcallanas, veraneaba de niño en el pequeño pueblo de Forcall, cercano a Morella (Castellón), y allí escuchó, en múltiples ocasiones, contar a los más mayores las aventuras del Groc, y producto de aquellos relatos, y sus posteriores investigaciones, surgió este libro galardonado en 1916 con el Premio Ramón Llull, del que el mismo Víctor dice: “La época del Groc, entre la primera y la segunda guerra carlistas, es nuestro Far West ibérico. El Maestrazgo es nuestro western, con sus personajes intensos armados de trabucos, puñales, pistolas y caballerías. Gentes recias que vivía en escondrijos, barrancos y cuevas, y protagonizaba asaltos, persecuciones, secuestros y rescates. Bandos enfrentados, busca y captura, recompensas, pugna desigual entre los proscritos y el ejército”.

    Ahora hace 174 años de la muerte del Groc a manos de aquellos que consideraba amigos y uno de aquellos traidores le arrancaba los bigotes rubios para enviárselos a la reina Isabel II, una jovencita de catorce años, como su propia hija, en cuyo nombre, y en el de su tío, habían corrido ríos de sangre y se habían cometido todo tipo de atropellos y perversidades que todavía resuenan en aquellas tierras bravías de Els Ports de Morella, en sus cuevas y ermitas, en sus muelas y castillos, en sus ríos y barrancos, en sus masías y en sus aldeas, y en la memoria ancestral de sus gentes.

    Para hablar de Víctor Amela utilizaré la breve presentación que aparece en el libro: “Víctor M. Amela, Barcelonés nacido en 1960, es novelista y periodista. Decano de la crítica televisiva en la prensa española, la ejerce desde hace treinta años en La Vanguardia, donde es el cocreador de la sección ‘La Contra’ (1998), estimulado por una curiosidad ilimitada. Colabora en programas de televisión y radio y es también el autor de las novelas El càtar imperfecte (2013) y Amor contra Roma (2014). Portador de genes forcallanos, sostiene que un día mereceremos no tener presidentes ni gobiernos ni leyes, cree en la imaginación creadora y cita a Llull: ‘Ya que existimos, ¡alegrémonos!’”

  • FUNDIDO EN NEGRO: Vengaré tu muerte, de Carme Riera

    “El deber de la gente que escribimos es ser críticos

    y mostrar las carencias de la sociedad”.

    Carme Riera

    Carme Riera vuelve a la novela negra con una historia bastante peculiar. La protagonista, Elena Martínez Castiñeira, es detective privada más por afición que por sus cualidades, las cuales, en muchos casos, brillan más por su ausencia que por su supuesta efectividad. El caso es que una señora madura y entrada en carnes, perteneciente a la presumible clase media alta, quien responde al nombre de Montserrat Bofarull, contrata sus servicios, aconsejada por su vidente de cabecera, y harta del cachondeo de los mossos d’esquadra cada vez que se acerca a una comisaría para denunciar la desaparición de su marido, el empresario Robert Solivella, directivo de una empresa relacionada con la Generalitat catalana. Este hecho le permite a Elena entrar en contacto con la extraña familia Solivella-Bofarull y es el desencadenante de una loca investigación que se desarrolla por los intrincados túneles de la corrupción política e industrial, la violencia de género, la pederastia y algún que otro vicio inconfesable que le sirven a la autora como símbolos metafóricos para denunciar el estado de una sociedad que cada día apesta más. Pero Elena, una joven voluntariosa y con el mínimo orgullo para no dejarse pisotear por los adictos al poder, típicos maletillas en los ruedos de la corruptela, llevada por sus torpes elucubraciones detectivescas, cierra el caso con los huesos de dos personas en la cárcel, a quienes, sin embargo, años después, se les reconocería su inocencia, por lo menos de lo que fueron acusados.

    Estamos a principios del siglo XXI y en España se vive la “fiesta” del pelotazo, del dinero fácil y la corrupción barata, y esa ligereza en el incumplimiento de las reglas primarias de la ética más básica, hace aflorar las aguas más tenebrosas que corroen las entrañas de unos seres, a quienes su soberbia les hace considerarse inmunes para poder hacer lo que les venga en gana. Aunque solo era el aperitivo de lo que nos iba a caer. Y en estas aguas revueltas siempre pescan más quienes menos escrúpulos tienen, por lo que no es difícil encontrar en los escalones más altos de la pirámide social a unos seres acostumbrados a dejar la moral colgada de la percha cuando se enfundan el traje de “persona honorable”, seres que tienen prisa en comer y quieren comer a todas horas pues sus estómagos no tienen fondo, seres que prostituyen cuanto tocan y a quienes el trabajo no dignifica, pues eso lo dejan para los otros, mientras ellos compran voluntades, especulan entre lo negro y lo blanco y dedican el resto de su tiempo al cultivo de sus bajos instintos revolcándose en la misma porquería cuya creación financian con su sucio dinero. Coprófilos contumaces que van ascendiendo por las paredes de un espacio en descomposición, incluso alguno, como el asesinado Robert Solivella, coleccionaba ‘caganers’“Aquí uso cosas más festivas como los ‘caganers’ como excusa para mostrar estas otras cosas que permanecen bajo la alfombra”, dice Carme Riera refiriéndose al estigma general que supone la pederastia, y a las otras lacras como el blanqueo de dinero o la evasión de capitales, ambos delitos solo al alcance de los poderosos quienes, teniendo en sus manos el poder que el pueblo les otorga, les roba con impunidad y se ríen de él, creando leyes que limitan la libertad de expresión.

    La propia autora calificó a “Vengaré tu muerte” no exactamente como novela negra, sino más bien, “gris oscuro, porque hay una parte de blanco que lo pone el aspecto humorístico. Porque el humor nos salva de todo”. Ese humor aparece en la ironía, el lenguaje callejero y la forma de expresarse con frases rápidas, cortantes y, a veces, inconclusas, de la protagonista, una joven de 35 años, feminista de origen gallego como homenaje a Vázquez Montalbán, como asegura la autora, que vive en un piso de Sarrià; en la vida cotidiana de una gran ciudad como Barcelona, en las atmósferas de barrio, en el protagonismo del perro de la detective, en la extravagancia de algunos de los personajes o en varias situaciones grotescas.

    En conclusión, “Vengaré tu muerte” es una novela que avanza a un buen ritmo que no deja caer el interés, pues todos los acontecimientos se enlazan perfectamente creando una amplia red que interrelaciona la familia central con los temas de actualidad y los casos de corrupción.

    Carme Riera nació en Palma de Mallorca el 12 de enero de 1948. Es licenciada en Filología y profesora de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona. En 2013 tomó posesión de la silla “n” en la Real Academia de la Lengua. Escribe en catalán y en español obteniendo su primer éxito literario en 1975 con el libro de relatos Te deix, amor, la mar com a penyora. Su segundo libro de relatos fue Jo pos der testimoni les gavines. Desde entonces ha publicado numerosos libros en diferentes géneros: novela, narrativa breve, infantil y juvenil, crítica y ensayo e, incluso, guiones, recibiendo una gran cantidad de premios a lo largo de su carrera.

  • CON DIEZ CAÑONES POR BANDA: Entre pólvora y canela, de Eli Brown.

    Entre pólvora y canela es una historia que parece salida de Las mil y una noches, un cuento apasionante repleto de aventuras y sazonado con un romance imposible sobre los océanos del planeta, a veces, amigos y, en otras, la boca de los mismísimos infiernos, y todo aderezado con la mejor comida jamás servida a bordo de un barco pirata, por medio de la cual, como una Sherezade de la cocina, va ingeniando platos para alargar su vida.

    Fue en la mañana del miércoles, 18 de agosto de 1819, un tiempo en el que el Imperio británico expandía sus dominios por todos los confines de la tierra y sobre las aguas de todos los océanos, en una finca junto al mar en la localidad de Eastbourne, donde el cocinero Owen Wedgwood, viudo y solitario, acababa de supervisar el servicio de la comida para su patrón, lord Ramsey, director de la Compañía Pendleton, y sus amigos, cuando, de repente, irrumpen violentamente en la estancia un grupo de personajes de lo más curioso: un hombretón gigantesco, dos chinos vestidos de negro y una hermosa mujer con abrigo verde oliva, melena roja y empuñando dos pistolas: “Ahí mismo, a cinco o seis yardas de mí, tenía al tiburón del océano Índico, Hanna Mabbot la Loca, la pelirroja capaz de volver de entre los muertos…” Aquello concluyó con la muerte de lord Ramsey y con los huesos del pobre cocinero en las bodegas del barco pirata Flying Rose.

    La pelirroja capitana le ofrece a Wedgwood la libertad a cambio de que le presente cada domingo una cena exquisita y diferente. Pero lo que en unas condiciones normales no le habría supuesto ningún problema, sobre aquel buque balanceándose sobre las olas de los océanos y con los magros suministros de a bordo (harina de maíz repleta de gorgojos, ajos, manteca de cerdo, vinagre, limas, ron y una carne curada con pólvora a la que llaman “María la dulce”), resultaba una proeza casi imposible, y ya no hablemos ante la carencia total de utensilios de cocina adecuados. Sin embargo, gracias a su pericia y su imaginación, poco a poco, fue logrando algunos pequeños éxitos entre horribles tormentas marinas, batallas sanguinarias, cañonazos y hasta traiciones, por ejemplo: paté de arenque al romero sobre pan de nueces o raviolis de anguila ahumada al té.

    Wedgwood es un hombre educado por los monjes, temeroso de dios y nada violento, y el mundo al que se ve arrastrando le repele y le aterroriza, sin embargo, pronto se dará cuenta de que la condición humana da muchas sorpresas y que hasta en los corazones más duros y despiadados se pueden esconder valores tan valiosos como la lealtad, la amistad, el amor e, incluso, el concepto de la justicia.

    Eli Brown, el propio autor, comentó que esta novela le vino inspirada a causa de su aburrimiento al seguir una clase de yoga en DVD y, al cabo de una semana, cansado de repetir ejercicios y escuchar la misma música, pensó que estaría bien ajustar aquellas clases a una trama en la que alguien sería secuestrado por piratas y obligado a transportar baldes de agua, botes de remo, jalar cuerdas… siendo los ejercicios más ligeros al principio y más duros al final de la serie y, claro, como todos querrían saber qué les pasaba a los protagonistas, pues todos volverían a los ejercicios. Aunque luego renunció a esta idea, pero la historia se le quedó grabada en la mente.

    Más adelante, tras ver algunos episodios del concurso de cocina Iron Chef, donde a los concursantes se les daba ingredientes de lo más dispares y tenían que hacer algo comestible con ellos, pensó que estaría bien mezclar ambas cosas y basarlo todo en la máxima de “haz lo que mejor sabes hacer para salvar tu vida”, y ya tuvo la novela.

    Eli Brown estudió arte cuando era joven y, cuando cocina, realiza una composición de colores, así pues, asegura que: “Las comidas están relacionadas con historias en la medida en que contamos historias durante las comidas. Pero las comidas son donde nos encontramos, Es el ajuste. No es la trama. Las comidas son como pintar, ya que tienes una paleta con la que trabajas. Tienes estos sabores y aromas y tienen que ir bien juntos, y no existe el mal sabor, como tampoco existe un mal color. La amargura no es, por sí, negativa. Es cómo ese sabor se combina con otros en la comida”.

    Sobre los personajes más importantes dice: “Con Wedgwood me costó identificarme. Él es una especie de papel de aluminio para los otros personajes en el libro y, en especial, para la capitana del barco, Hannah Mabbot. Su visión de la vida, su lucha y sus objetivos son como los de la mayoría de las personas y, por lo tanto, muchos se relacionarán con él. Sin embargo, ella es más atractiva para el público, es la chispa, aunque es gracias a él que ella puede expresarse.

    Wedgwood tiene una relación bastante reducida con el mundo. Creció en un orfanato y de joven trabajó como cocinero. Odia los barcos, por lo que no ha viajado mucho y tiene ideas muy limitadas sobre la mujer, la sexualidad y sobré cómo deberían funcionar las economías del mundo. Pero todos estos principios se le desmoronan mientras está en el barco. En poco tiempo se relaciona con personas de muchos lugares y clases diferentes, y se ve obligado a reexaminar las suposiciones que tiene sobre la relación entre Inglaterra y el resto del mundo, en especial China, de donde viene su té, cómo llega, por qué Inglaterra tiene tanto dinero, lo que sucedió en Europa tras las guerras napoleónicas. Ve a personas buenas luchando y matando y tiene que llegar a un acuerdo con ello”.

    Entre pólvora y canela es una historia de maduración, de desarrollo de una conciencia, sobre todo, la de aquellas personas acomodadas y acomodaticias que nunca se han preguntado de dónde les viene esa comodidad y tienen, a pesa de la edad, una perspectiva eternamente adolescente de la vida. Por ello, Brown continúa: “Era importante para mí que Wedgwood fuera un sirviente, una persona que no estuviera familiarizada con el trabajo duro, pero sí con servir, aunque se negaría a hacerlo a cierto tipo de personas. Por ello, una de sus primeras revelaciones con Mabbot es que ha dedicado su tiempo a servir a personas que no apreciaban su cocina porque eran tan ricos que todo les llegaba sin más. Su comida era otra cosa más de lo que poseían. Pero, al servir a Mabbot está sirviendo a alguien que tiene que tomar todo lo que quiere. Ella no puede esperar a que las cosas vengan a ella, todo lo consigue con lucha y esfuerzo, aunque sea agresivamente, por ello, su aprecio por las cosas es mayor. A pesar de sí mismo, disfruta al servirla, pues ella valora su comida. Su tipo de comida es escasa, y ella está sentada en un castillo con cuchara de plata”.

    La novela también es una crítica a las corporaciones como organizaciones dañinas para las libertades individuales y perjudiciales para las naciones más pobres, y podemos comprobar cómo la actividad comercial de la época colonial se parece bastante a la globalización actual: “Una de las cosas que me sorprendió al investigar la novela es que algunos de los métodos más desagradables para ganar control … cuando pienso en organizaciones malévolas, pensé que habíamos llegado a un pináculo recientemente con Blackwater u otras organizaciones militantes mercantes … pero el este de la India Trading Company tenía poder masivo y ejércitos permanentes. De alguna manera, el hecho de que estos problemas no sean ni siquiera cercanos a lo nuevo es un alivio, pero de otra manera, solo muestra cuánto más, solo por pura tradición, aquello que deberíamos evitar”.

    “Me interesa cómo los piratas están culturalmente posicionados. Los amamos, pero son villanos. En cierto modo, son payasos. Vestimos a nuestros niños como piratas en Halloween. Pero, por otro lado, les tenemos miedo por lo que significan, y son reales y pueden ser despiadados y brutales. Entonces, a quién llamas pirata, quién se declara pirata, qué es ilegal y si eso se considerara legal si se realizara bajo otros auspicios, la diferencia entre un pirata y un corsario a menudo es solo una hoja de papel. Si el gobierno le da una hoja de papel, usted es un corsario que hace exactamente lo mismo que un pirata, pero cuando llega a casa es un héroe, se le da una casa y puede jubilarse. Pero, si no tuviera esa hoja de papel, sería considerado un pirata y podría ser perseguido y cualquiera podría llevarse su cabeza por una recompensa. Así que estoy interesado en la forma en que ciertas acciones se convierten en crímenes, y de qué manera son inherentemente incorrectas o cómo es la legalidad lo que las hace equivocadas. No quiero que el libro sea una excusa para la violencia, y no creo que tenga una buena imagen. Pero, Mabbot misma ha crecido en medio de algunas experiencias violentas. Ella se hunde más profundamente, pero también anhela la redención. Ella está tratando de curar algunos de los peores males. Una pregunta en el libro es: «¿Quién es un villano?» No quiero que haya una respuesta fácil para eso, pero estoy interesado en la pregunta.

  • ENLACES: Despotismo iletrado, por María Elena Picó Cruzans.

    Que vivimos insertos en relaciones es algo que no es necesario explicar ni algo en lo que es preciso insistir. Cómo las entendemos y vivenciamos configura y, a veces, determina nuestra experiencia y nuestra realidad. Y nos genera creencias, que sustentan nuestra “verdad”.

    Existen relaciones verticales y horizontales, que se erigen según la manera de armonizar dos actitudes básicas: dar y tomar.

    Las relaciones verticales son las que se dan, por ejemplo, entre padres e hijos, y entre maestros y alumnos. En ellas, los padres y los maestros son los que dan y los hijos y los alumnos son los que toman, sin posibilidad de que lo tomado sea “devuelto”, sino entregado a generaciones siguientes. Se asemeja a la dirección del agua en una fuente o en un río: no es posible volver hacia atrás. En esta relación el dar y el tomar no es bidireccional. Es por ello que los hijos y los alumnos no pueden atender las necesidades ni las expectativas de los padres y los maestros.

    Las relaciones horizontales son las que se dan entre iguales: hermanos (mayores de edad), parejas, compañeros de trabajo… Aquí sí que existe bidireccionalidad. Se asemeja a las relaciones en el ciclo del agua. Ni siquiera el jefe escapa de esta relación horizontal, a pesar de que pueda parecerlo debido a la “función” que ejerce.

    A veces estas relaciones hacen de espejo y es posible que vivamos la relación con nuestra pareja como si fuera nuestra madre; con nuestro jefe como si fuera nuestro padre; con nuestros compañeros de trabajo como si fueran nuestros hermanos… ¡Son cosas de la complejidad humana!

    Y no podemos hablar de relaciones, sin hablar de jerarquía u holoarquía, ya que las relaciones si no están organizadas no son más que meros conglomerados. Así es cómo diferenciamos “sistemas” de “conjuntos”. Es fácil confundirlos, y, por lo tanto, pervertirlos.

    De hecho, según palabras de Ken Wilber en su libro Breve historia de todas las cosas, existe la perversión del concepto de jerarquía u holoarquía y que deriva “cuando un determinado holón de una jerarquía natural abandona su lugar e intenta dominar a la totalidad imponiendo una jerarquía de dominio, una jerarquía patológica (algo que ocurre, por ejemplo, cuando una célula cancerosa somete a la totalidad del cuerpo, cuando un dictador fascista tiraniza al cuerpo social o cuando un ego represivo esclaviza al organismo)”.

    A veces los jefes se olvidan de que son holones que pertenecen a una totalidad. Y entonces se pervierten vivencias como la “democracia”, el “diálogo”, la “solidaridad”… incluso otras como el “feminismo” y la “igualdad”. ¡Y tantas otras!

    De hecho, mis peores experiencias han derivado de la convivencia (laboral) con aquellos que se autodenominaban demócratas y progresistas, y que alardeaban de haber corrido con los grises (nunca supe muy bien en qué bando).

    Lo cierto es que la manera en la que una persona sustenta el “poder” dice mucho de su manera (sana o insana) de relacionarse.

    Cuando desconectamos de nuestra esencia (como holones) y de nuestra pertenencia (a la totalidad) vamos forjando las bases de que yo denomino “despotismo iletrado”, que es una manera de nombrar la jerarquía patológica.

    El “despotismo iletrado” tiene muchas consecuencias; algunas de ellas muy graves. Y también paga altos precios, como, por ejemplo, la hipoteca de nuestra libertad. Funciona, esencialmente, desde la falacia, el miedo a la culpa y la exclusión del dolor. Y se manifiesta a través de “buenas intenciones”, con las que se pavimenta el camino hacia el infierno; a través del mantenimiento de la inocencia, que no nos deja crecer; a través del fomento de una falsa “comunión”, que últimamente conlleva una defensa patológica de la mujer, y a través de la perversión de la individualidad, que se consigue silenciando la comunión, a cambio de favorecer privilegios individuales.

    ¡Es alucinante!

    ¡Y funciona hasta con personas inteligentes, que hayan decidido, consciente o inconscientemente, vender su libertad!

    Hablo de “defensa patológica de la mujer” porque ya hace tiempo que observo que algunos defienden, de forma paradójica e insana, a la mujer, al excluir lo femenino, abanderando la individualidad más absoluta. ¡Curioso! Y de esta manera “atacan” a la mujer y al hombre en su esencia. Y genera una sociedad de mujeres y hombres enfurecidos y frustrados: de mujeres con envidia de pene, y de hombres con envidia de oxitocina. Una sociedad que iguala los sexos desdoblando los géneros.

    ¡En fin!

    No es cualquier cosa esto del “despotismo iletrado”.

    Como decía Santa Teresa de Jesús: “De devociones absurdas y santos amargados, líbranos, Señor”.

    Este despotismo iletrado puede encontrarse en cualquier ámbito donde se establecen relaciones. Quizá la vivencia más desgarradora sucede cuando lo practicamos con nosotros mismos en las relaciones intrapersonales y excluimos de nuestro sistema vital el dolor y la culpa.

    Cuando excluimos la culpa nos transformamos en víctimas, que no pueden tomar la vida y lo que ella conlleva. Y nos sentimos constantemente amenazados y presionados por una actitud defensiva. Ocurre, por ejemplo, cuando nos sentimos el blanco de todas las miradas, que leemos como juicios, y cuando sentimos que las opiniones de los demás no son una manera de rebatir las nuestras, sino de atacar nuestra propia persona… Cuando no queremos ser culpables creemos que eso se consigue desde la no-acción (intervención). Básicamente, no tomamos la culpa de que nuestras acciones y no-acciones pueden causar daño a los demás. Creemos que si no tomamos la culpa nos mantendremos “inocentes”. Creemos que así nos “salvamos” a nosotros mismos. Y, quizá, inconscientemente, actuemos sintiendo que así “salvamos” a otros de nuestro sistema, que actuaron como verdugos. Es una ilusión, sin duda; no obstante, muchas vidas se sustentan en ellas. El papel de víctima nos mantiene en la inocencia.

    Cuando excluimos el dolor nos convertimos en eternos verdugos, que se impiden a sí mismos la emancipación y el desapego. Y sólo nos sentimos seguros en la vivencia del conflicto. Esto ocurre cuando nos sentimos encadenados a nuestros retos; cuando confundimos descanso con derrota o con debilidad, y rendición con sumisión o abandono… Creemos que el dolor vendrá cuando nos demos una tregua.

    A pesar de la diferenciación de actitudes, lo común es que los roles se intercambien en relaciones más o menos desviadas. Lo patológico llega cuando nos encasillamos en ese rol y nos sentimos respaldados por la autocomplacencia que da la incomprensión. ¡Verdugos y víctimas son grandes incomprendidos!

    En ocasiones imagino un contexto en el que se me presentan dos opciones: una de ellas es una puerta en cuyo dintel lleva escrito: “Vida”, y otra puerta con el cartel de: “Conferencia sobre la Vida”. Optamos por la puerta donde pone “Vida” cuando nos damos cuenta de que no es posible no-intervenir, no-actuar, no-comportarse, no-comunicar… no es posible la exclusión.  Optamos por la “Vida” cuando tomamos conciencia de que el hecho de existir ya nos convierte en verdugos.

    Por otro lado, la vivencia del despotismo iletrado en las relaciones interpersonales, aunque no tan desgarradora como en las intrapersonales, a menudo, puede dificultar el disfrute de lo cotidiano y cerrarnos a procesos de crecimiento como la actualización de nuestras necesidades.

    La práctica del despotismo iletrado no es difícil que nos acompañe, es cierto; no obstante, no siempre resulta fácil de identificar porque el traje de déspota es un disfraz camaleónico. El dictador se proclama como tal. El déspota no se reconoce a sí mismo como tal.

    El déspota iletrado ha trasladado su existencia al engranaje de sus dilemas implicativos, es decir, al engranaje de una bici estática. De esta manera, aunque pedalee, nunca llega a ninguna parte. Pedalear no es más que una manera de retroalimentar su despotismo.  Y el contexto de sus acciones, pensamientos, sentimientos y voluntad siempre se circunscriben a las cuatro paredes donde tiene instalada su bicicleta.

    Entonces, ¿cómo reconocerlo? Algunas pistas lo delatan.

    El déspota iletrado cree estar en posesión de la verdad y bondad absolutas: cree que él sabe lo que mejor conviene al resto de personas que tiene a su alrededor, y además cree que está en posesión de la verdad que lleva a ello. Y para poner en práctica su verdad y su bondad necesita acallar las voces discrepantes; es por lo que no se lleva bien con el pensamiento divergente ni con la reflexión crítica. Aunque es posible que organice cursos sobre estos temas. (Recordemos que vive instalado en el engranaje de una bici estática).  De hecho, el déspota iletrado es aquel que organiza talleres y convoca cursos sobre temas de cierta trascendencia social, “progresista” como la igualdad, la solidaridad con los desfavorecidos, la defensa de las opciones sexuales, el laicismo…, pero te “obliga” a asistir a dichos cursos, a través de presiones más o menos explícitas. Si no lo haces es que eres un retrógrado insensible.

    Para acallar las voces discrepantes utiliza diferentes estrategias:

    Una de ellas es reducir al máximo los marcos y contextos que las propicien.  Si bien es cierto, puede parecer que promueve la reflexión invitando a ella. Si esto ocurre, si alguien aún no se ha dado cuenta de que está ante un déspota iletrado o a pesar de ello insiste en expresar su opinión, el déspota pondrá en acción una segunda estrategia: aplazar la discusión para otro momento que considera “más propicio”. Con toda seguridad ese tema ya no volverá a ser retomado, al menos por él.

    En el caso de que el interlocutor vuelva a retomar ese tema, que desea ser excluido por el déspota, se pone en marcha una tercera estrategia: la reducción de la reflexión al ámbito de lo minoritario, utilizando como apoyo la falacia argumentativa “ad hominen”, es decir, en lugar de rebatir los argumentos, ataca a la persona que los esgrime. Ésta es una de sus preferidas. El déspota iletrado suele tomar las opiniones divergentes como un ataque personal. Se siente agredido en su autoconcepto. Y es por ello que suele responder a ellas reduciéndolas al ámbito de lo minoritario. Se trata de un juego metonímico inconsciente, pero así es.

    El déspota más básico prioriza esta falacia en su “defensa”, y también suele incluir pseudoargumentos emocionales, alardeando de “buenas intenciones” (recordemos que se cree también en posesión de la bondad absoluta). El “bonismo” es su práctica habitual.  El déspota más técnico prioriza las falacias por generalización, apelando normalmente a las disposiciones legales o a la Constitución.

    Otra de las estrategias consiste en evitar los grupos amplios donde expresar las opiniones. En los grupos reducidos también se reduce la exposición y es más fácil la manipulación con pseudoargumentos emocionales.

    Además, el déspota nunca se autoevalúa ni revisa los acuerdos tomados. Y utiliza el silencio que él mismo ha propiciado como argumento en su “defensa”. “Si nadie dice nada de lo mío es que están de acuerdo”… Entonces es cuando me pregunto: “Y tú, ¿qué dices de lo tuyo?” El déspota nunca dice nada de lo suyo porque lo suyo es la verdad y la bondad.

    Pero la medida estrella, sin duda, es la de sustituir los derechos colectivos por favores individuales. Ésta es la más eficiente manera que el déspota tiene para silenciar las voces (así en general, ni discrepantes ni favorables). El déspota iletrado confunde el ámbito individual con el colectivo y los pervierte al equiparar favores con derechos. Si te encuentras con alguien que incita a que vayas a su despacho a pedirle como favor individual aquello que corresponde a la esfera de los derechos colectivos, estás ante la práctica del despotismo iletrado.

    Solemos confundir lo personal con lo individual. Lo individual no es más que una parte (una fractal o un holón) de la totalidad de la persona. En lo personal se incluye e integra lo individual y lo colectivo. Nuestras necesidades individuales se transforman en derechos en el cuadrante de lo colectivo.

    Esta medida estrella es la que convierte el despotismo como integrante del campo semántico del caciquismo y el amiguismo. Y lo cierto es que no es fácil moverse en este ambiente. Con el déspota funciona el currículum oculto.

    A la larga se descubre; pero para entonces es posible que andes liada en su red de favores pervertidos.

    Nadie crea que estoy haciendo un retrato robot del diablo. Por lo menos no más allá del diablo que todos llevamos dentro. Hace poco le escuché a una amiga decir que nuestros encuentros con el diablo se circunscriben a esos momentos en los que no sabemos cómo movernos entre nuestras propias miserias. Y por estos lares todos transitamos en algún momento.  De hecho, al principio de este escrito comentaba que la vivencia más desgarradora se produce cuando el déspota iletrado configura nuestras relaciones intrapersonales; cuando nosotros somos nuestro peor enemigo.

    Por ello, quizá, la manera de trascender la vivencia paralizante que implica una relación interpersonal con un déspota iletrado sea la de tomar la proyección que la Vida nos pone fuera y trasladar nuestro hogar un poco más dentro.