The Quiet Girl, de Colm Bairéad

Hay películas que no necesitan alzar la voz para dejar huella. “The Quiet Girl”, ópera prima del irlandés Colm Bairéad, es una de ellas. Adaptación del cuento breve “Foster” de Claire Keegan, esta delicada joya en lengua irlandesa (gaélico) se convirtió en 2022 en la película irlandesa más taquillera de la historia y logró algo casi imposible: ser nominada al Oscar a Mejor Película Internacional compitiendo con pesos pesados como “Sin novedad en el frente” o “Argentina, 1985”. Y no lo hizo por casualidad.

La historia sigue a Cáit (Catherine Clinch), una niña de nueve años tímida y casi invisible en una familia rural irlandesa de los años 80, marcada por la pobreza, el alcoholismo y la llegada inminente de otro hermano que la desplaza aún más. Durante un verano, sus padres la dejan al cuidado de unos parientes lejanos, los Kinsella (Carrie Crowley y Andrew Bennett), un matrimonio de mediana edad que vive en una granja ordenada y silenciosa. Lo que podría ser un drama social crudo se transforma en una experiencia de ternura casi espiritual.

Bairéad filma con la contención de un poeta. Cada plano está compuesto con una precisión que recuerda al Ozu más introspectivo o al Bresson de “Au hasard Balthazar”: espacios amplios, luz natural, sonidos diegéticos (el viento, el agua, los pasos) que llenan más que cualquier diálogo. El guion apenas supera las 300 líneas habladas; el resto lo dicen los cuerpos, las miradas y, sobre todo, los silencios. Esos silencios que en otras películas serían incómodos aquí son refugio, oxígeno, lenguaje propio.

Catherine Clinch, en su debut, ofrece una interpretación que roza lo sobrenatural. Con apenas primeros planos y gestos mínimos (un labio que tiembla, ojos que se abren como platos ante un vaso de leche fría), construye una Cáit que duele mirar porque todos hemos sido, en algún momento, niños que se sienten de más. Frente a ella, Carrie Crowley y Andrew Bennett componen a los Kinsella con una economía de medios devastadora: él con su bondad callada y sus manos grandes que no saben acariciar hasta que aprenden; ella con esa mezcla de dolor antiguo y ternura recién descubierta que se resume en una frase tan sencilla como inmensa: “Nadie te va a hacer daño aquí”.

La película esquiva con inteligencia los lugares comunes del género “niño problemático encuentra familia sustituta”. No hay villanos ni redenciones fáciles. Los padres biológicos no son monstruos, solo personas desbordadas. Los Kinsella no son salvadores angelicales; cargan con su propio duelo que el espectador intuye más que comprende. Y el final, lejos de cerrar heridas con lazo, deja una ambigüedad que se clava como astilla.

Técnicamente impecable (la fotografía de Kate McCullough es de una belleza que quita el aliento sin caer en el postalismo), “The Quiet Girl” demuestra que el minimalismo, cuando está al servicio de una emoción auténtica, puede ser más poderoso que cualquier estallido. Es una película que se ve con el corazón en la garganta y se recuerda con los ojos húmedos.

En un panorama dominado por el ruido y la velocidad, esta niña callada llega para recordarnos que a veces lo más profundo se dice susurrando. Desde mi punto de vista, esta es una de las mejores películas de la década. Imprescindible. Llévense pañuelos, pero de los buenos.



One response to “The Quiet Girl, de Colm Bairéad”

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