En estos dos meses de abril y mayo de 2018 se cumplirán varios centenarios del nacimiento de algunos personajes importantes en las letras castellanas y en la literatura mundial, entre ellos, destacaremos a Manuel de Pedrolo Molina, Fernando Díaz-Plaja Contestí, Leopoldo Urrutia de Luis, Juan Rulfo, Karl Marx, Jakob Bruckhardt o Agustín Moreto.

PRIMER CENTENARIO

Manuel de Pedrolo Molina, se cumplen cien años de su nacimiento.

Nacido en Arañó (Lleida), el 1 de abril de 1018, y fallecido en Barcelona, el 26 de junio de 1990, Manuel de Pedrolo fue un prolífico escritor en lengua catalana y en casi todos los géneros literarios, aunque sobre todo destacó en la novela.

A medio camino entre el conductismo y el existencialismo, desarrolla temas vivenciales utilizando recursos simbolistas, como así ocurre en su novela más valorada, Todas las bestias de carga (Totes les bèsties de càrrega) o en Si son rosas florecerán (Si són roses, floriran).

Su obra ha sido profusamente traducida a múltiples idiomas, sin embargo, durante su vida editorial y pública sufrió el acoso de la censura franquista y de la escasa demanda de literatura en catalán en los años de posguerra, por lo que muchos de sus libros fueron publicados algunos años después de ser escritos.

Fue muy aficionado a crear ciclos novelísticos en los que suelen aparecer los mismos personajes, aunque la mayoría de ellos quedaron inacabados: Tiempo abierto (Temps Obert), con once tomos; La tierra prohibida (La terra prohibida), tres; Los anónimos (Els anònims), tres, o Los apócrifos (Els apòcris), con cuatro.

Así mismo, es destacable su producción en novela policiaca, llegando a dirigir la colección “La Cola de Paja”, de Ediciones 62, y su inestimable aportación a la ciencia ficción, tanto en novelas: Mecanoscrito, Aquesta matinada i potser per sempre o Successimultani, como en cuentos: Un món per a tothom, Violació de límits…

Para concluir con esta cita, os proponemos la lectura de uno de sus poemas:

HISTÓRIA ÍNTIMA:

El cor és ample com els solcs 
oberts a la diada camperola: 
de sol a sol. 
Recordo aventures desertes, 
vagament germinals i sense roses, 
que profanaven el poeta: 
Germa, Pina, la verda Lera 
Semència, Menta, Didora, 
Bian, inguariblement horitzontal. 
I la trobada nocturna, silenciosa, 
prop dels joncs que vessaven noms: 
Marta, Berta amb els llavis sucosos de móra, 
Maria, Joana, Dolors, 
Eva, sempre disposada a confondre els sexes, 
i Magda plena de primaveres. 
Tenia tants cors a la mà 
que ja no sabia què fer-ne; 
fet i fet, era excessiu. 
Però els cors no s'abandonen 
com qui tanca una porta, i prou, 
en deixar la cambra dels jocs. 
Me'ls he endut amb mi cap al futur 
d'unes dones maridades, 
d'unes filles que ja baixen al riu 
amb les mateixes cames 
que aleshores corrien i, de cop, s'aturaven. 
El gest és etern i el poeta es renova, 
amb un altre nom, amb un altre vers, 
davant la carn repetida.

Fernando Díaz-Plaja Contestí, se cumplen cien años de su nacimiento.

La familia Díaz-Plaja Contestí aportó tres hijos al mundo literario: Guillermo, Aurora y, el más joven, Fernando, nacido el 24 de abril de 1918 en Barcelona, y fallecido el 31 de octubre del 2012 en Montevideo (Uruguay).

Fue periodista, colaborando en periódicos como ABC, La Vanguardia, Madrid o Diario de Barcelona; narrador, con relatos como Cuentos crueles, El desfile de la Victoria, Miguel, el español de París o Un río demasiado ancho; historiador académico: La Historia de España en sus documentos, La Historia de España cantada por los poetas, Historia Universal de la Cultura…, o aunando su dos facetas, la literaria y la divulgativa, para crear obras como: Teresa Cabarrús, Las Españas de Goya, Cuando perdí la guerra, El servicio doméstico en España, o El arte de envejecer, sin olvidarnos de la serie de sus “pecados capitales”. En total escribió más de ciento cincuenta títulos, traducidos a varios idiomas, siendo muchos de ellos llevados al cine o la televisión, y recibiendo múltiples premios tanto nacionales como internacionales por su obra y su trabajo divulgativo.

El español y los siete pecados capitales
Prólogo (fragmento)

La metáfora, no por repetida es menos cierta. Los árboles no dejan ver el bosque. La perspectiva se pierde cuando el detalle abruma. Para comprobar la forma y extensión del conjunto hay que salirse de él, y abarcarlo en su totalidad, preferentemente desde una loma. Así he querido yo enterarme de lo que es esa difícil, asombrosa, inigualable selva española. Saliendo y viendo fuera otros árboles que hicieran posible la comparación o, dentro de la misma España, explicando a los extranjeros lo que les admiraba y que a mí me chocaba también después de haber intentado aclararlo. Es curioso lo poco lógicas que resultan las costumbres familiares cuando uno intenta razonarlas. Para que este libro naciera se ha necesitado, pues, distancia, pero distancia física, no moral. El que describa los defectos españoles no me libra de ellos. Parodiando la clásica frase: «Nada de lo que es español me resulta ajeno», y si uno de los caminos para encontrar los ejemplos ha sido deshojarme hacia fuera, otro, igualmente eficaz, ha consistido en bucear en mi interior. Quien firma no es, pues, un juez: más bien resulta un testigo y, a veces, un cómplice. Algunas de las características descritas en las páginas que siguen son comunes a los pueblos llamados latinos; otras a todos los europeos; algunas son, simplemente, humanas. No he tratado de disociar las que nos pertenecían por herencia de las que nos han llegado por imitación; no trato de analizar el proceso histórico, sino su resultado. Resultado que es, sin lugar a dudas, único. La impresionante personalidad española …

Leopoldo de Luis, se cumplen cien años de su nacimiento.

Nacido el 11 de mayo de 1918 en Córdoba y fallecido el 20 de noviembre en Madrid, Leopoldo Urrutia de Luis fue un prolífico crítico literario además de gran poeta. Amigo de Miguel Hernández, con quien compartió momentos durante la Guerra Civil, de Germán Bleiberg, Gabriel Celaya, León Felipe y Vicente Aleixandre, fue, como ellos, un poeta existencialista y cercano al pueblo y a las personas y sus momentos cotidianos, evolucionando, a medida que iba madurando en años y experiencia, hacia una visión más humanista de la existencia.

Su primer libro de poemas fue elaborado junto a Miguel Hernández y Gabriel Baldrich, aunque su primera obra en solitario, aparecida en 1946, se titulaba Alba del hijo, sin embargo, anteriormente, 1938, aparecería Romance.

Concluida la guerra estuvo tres años de cautiverio entre diversas cárceles y campos de trabajo. Una vez liberado, comenzó a publicar sus poemas y críticas literarias en diferentes revistas: Garcilaso, Espadaña, Cántico, Papeles de son Armadans, Revista de Occidente, Ínsula, Poesía Española…

Su producción poética, considerada como una de las mejores representaciones de la poesía de postguerra y por la cual fue largamente premiado: Premio Nacional de Literatura 1979 por Igual que guantes grises, consta de más de treinta y cinco libros y, no menos importante fueron sus biografías y estudios críticos, recibiendo el Premio Nacional de las Letras Españolas por su libro Generación del 98.

La ropa en la ventana

La ropa en la ventana
Como falsos ahorcados en el aire
sus cuerpos vacilantes y vacíos,
desnudos de nosotros, brazos, piernas,
cinturas, pechos, cuellos, suspendidos.
Pasa la luz de enero entre los blancos
fantasmas con su frío.
Deshabitadas formas desvividas,
huecos humanos ateridos.
esa silueta con que juega el viento,
ese perfil he sido.
Tus manos compañeras lo han salvado
con su dolor de qué tristes residuos.
En el aire tal vez me reconozco,
un poco soy bandera al viento herido.
Jirón que se estremece mudamente,
por un cristal me miro.
y no sé si es la ropa o es la vida
la que pende de un hilo.

Juan Rulfo, se cumplen cien años de su nacimiento.

A veces acurren fenómenos inexplicables que nos hacen crear alrededor de una persona todo un halo de misterio e interés, este es el caso de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, nacido el 16 de mayo de 1918 en Apulco, una localidad del estado de Jalisco (México), y fallecido en Ciudad de México el 7 de enero de 1986, pues con tan solo un libro de cuentos, El llano en llamas (1953), y una única novela, Pedro Páramo (1955), llegó a ser considerado como uno de los grandes maestros de la narrativa hispoanoamericana.

En su corta, aunque intensa, obra queda reflejada la sociedad rural de su tierra natal con todas sus supersticiones y culto a los muertos, con sus luchas cristeras que produjeron tantos sufrimientos, pues incluso su padre fue asesinado cuando el era un niño, y con su prosa escueta y precisa, pero sumamente expresiva nos va narrando la realidad de aquellas gentes y de aquellas tierras, creando un espacio mítico que trasciende lo puramente histórico y donde los personajes exponen sus diferentes puntos de vista desde sus monólogos interiores. Sin embargo, su técnica dista mucho de ser obsoleta y trasnochada, pues Rulfo conocía muy bien todas las novedades de su tiempo y las utilizó en sus creaciones.

Poco más escribió durante el resto de su vida, por lo menos que se conozca, salvo algunos poemas, artículos, una novela corta, El gallo de oro (1963) y unos cuantos guiones cinematográficos. Leamos el cuento No oyes ladrar a los perros, uno de los quince relatos cortos que componen El llano en llamas:

No oyes ladrar a los perros

 —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?


Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

SEGUNDO CENTENARIO

Karl Marx, se cumplen doscientos años de su nacimiento.

Karl Heinrich Marx fue un pensador y filósofo revolucionario sumamente influyente que no vio sus ideas realizadas durante su vida, sin embargo, sus escritos formaron la base teórica para el comunismo internacional moderno. Nació el 5 de mayo de 1818 en Trier, al oeste de la actual Alemania (entonces Prusia), era hijo de un exitoso abogado judío. Estudió derecho en Bonn y Berlín, pero también conoció las ideas de Hegel y Feuerbach. En 1841, recibió un doctorado en filosofía de la Universidad de Jena. En 1843, después de una breve temporada como editor de un periódico liberal en Colonia, Marx y su esposa Jenny se mudaron a París, que por entonces era el semillero de pensamiento radical. Allí se convirtió en un comunista revolucionario y se hizo amigo de su colaborador de por vida, Friedrich Engels. Expulsado de Francia, Marx pasó dos años en Bruselas, donde se intensificó su asociación con Engels. Fue coautor del panfleto «El manifiesto comunista» publicado en 1848 y afirmó que toda la historia humana se había basado en luchas de clases, pero que finalmente desaparecería con la victoria del proletariado.

En 1849, Marx se mudó a Londres, donde pasaría el resto de su vida. Durante varios años, su familia vivió en la pobreza, pero Engels, en mejores condiciones económicas, les apoyó en gran medida. Poco a poco, Marx emergió de su aislamiento político y espiritual y produjo su obra más importante, “El Capital”. El primer volumen de esta ‘biblia de la clase obrera’ se publicó durante su vida, mientras que los volúmenes restantes fueron editados por Engels después de la muerte de su amigo.

En sus últimos años, Karl Marx estaba en decadencia creativa y física. Pasó un tiempo en los centros de salud y quedó profundamente angustiado por la muerte de su esposa, en 1881, y una de sus hijas. Murió el 14 de marzo de 1883 y fue enterrado en el cementerio de Highgate en Londres.

Aquí os dejo unas pocas frases del pensamiento marxista:

“El hombre es el ser supremo para el hombre”.
“La peor lucha es la que no se hace”.
“La manera como se presentan las cosas no es la manera como son; y si las cosas fueran como se presentan la ciencia entera sobraría”.
“Crees en el amor como propiedad divina porque amas. Crees que Dios es sabio y bondadoso porque no conoces algo superior en ti mismo que la bondad y la inteligencia y crees que Dios existe, que es un ser, porque tú mismo existes y eres un ser”. 
“El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno”. 
“El motor de la historia es la lucha de clases”.
“Igual que en la religión el hombre es dominado por el producto de su propia cabeza, en la producción capitalista lo es por el producto de su propia mano”.
“La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.
“La religión es el opio del pueblo”.
“Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia”.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”.
“No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”.

Jakob Burckhardt, se cumplen doscientos años de su nacimiento.

Jacob Christopher Burckhardt, nacido el 25 de mayo de 1818, en Basilea, Suiza, y fallecido el 8 de agosto de 1897 en la misma ciudad, fue uno de los primeros grandes historiadores del arte y la cultura, cuyo libro La civilización del Renacimiento en Italia, se convirtió en un modelo para el tratamiento de la historia de la cultura en general.

En La era de Constantino el Grande, Burckhardt presentó una imagen de una edad de transición, insalubre e inmoral, pero llena de actividad religiosa y cultural. Si bien reconoció que el ascenso del cristianismo era inevitable y necesario para el desarrollo de una cultura original durante la Edad Media, sus simpatías estaban claramente relacionadas con las fuerzas menguantes del mundo antiguo. Der Cicerone es un estudio completo del arte italiano, organizado geográficamente en forma de guía de viaje. Pasó por muchas ediciones, pero Burckhardt reaccionó a la popularidad de su trabajo con creciente distanciamiento.

El próximo libro de Burckhardt, La civilización del Renacimiento en Italia, fue la principal fuente de su fama, donde analizó hábilmente la vida cotidiana de la Italia renacentista, su clima político y el pensamiento de sus mentes sobresalientes. Sus fuentes, a menudo crónicas e historias contemporáneas, estaban impresas y fácilmente disponibles, pero a menudo ignoradas por los historiadores. Su concepto de historia no dejó lugar a la idea de que el Renacimiento o cualquier otro período se caracterizó por el progreso general de la época anterior. Aquí percibió los comienzos del estado moderno, un instrumento de precisión de control de masas, sin consideración por la libertad creativa de individuos y minorías.

Entre las publicaciones menores de Burckhardt, se puede notar una pequeña, pero preciosa, colección de poesía en el dialecto alemannic: «Las canciones de Jumping Jack».

En sus últimos años de vida editó cuatro volúmenes de un estudio incompleto de la civilización griega y algunos ensayos en la historia del arte, apareciendo dos de ellas póstumamente.

Leamos unas pocas frases sobre el pensamiento de Jacob Burckhardt:

“Únicamente en el movimiento, por doloroso que sea, hay vida.” 
“Los libros útiles deben volver a ser leídos, ya que presentan nuevas fases, no sólo a cada lector, sino a cada siglo, incluso a cada edad de cada individuo”
“La grandeza es una necesidad de las épocas terribles.” 
“El mérito de algunas damas ha consistido en hacer tolerables, gracias al buen gusto, modas en su mayoría completamente feas.” 
“Confundimos la grandeza con el poder y por eso llamamos grandes a quienes mayores males han causado a la humanidad.”

CUARTO CENTENARIO

Agustín Moreto, se cumplen cuatrocientos años de su nacimiento.

Agustín Moreto, nacido en Madrid es uno de los dramaturgos más representativos del Siglo de Oro español, encontrándose en sus obras elementos que ya aparecieron con Lope de Vega y Calderón, aunque en sus piezas disminuye la complejidad argumental, con una mejora en el tratamiento de los personajes graciosos y la búsqueda de un equilibrio entre lo moral y lo social, dando entrada también en sus representaciones a la música.

Su creación se puede dividir en dos etapas perfectamente delimitadas: la primera, entre los años 1639 y 1654, engloba las obras compuestas antes de ser nombrado sacerdote y, entre ellas, destacaremos los siguientes títulos: La renegada de Valladolid, El poder de la amistad, El desdén, con el desdén, El licenciado Vidriera o La fuerza de la ley, además de varios entremeses.

La segunda etapa iría desde 1655 hasta 1669 y en ella priman las comedias de capa y espada: El lindo don Diego, El parecido, Lo que puede la aprehensión, De fuera vendrá quien de casa nos echará, Fingir y amar, Primero es la honra, El lindo, entre otras muchas, algunas de las cuales, serían escritas mancomunadas con otros autores, así como continuó con los entremeses, como el que seguidamente os ofrecemos:

ENTREMÉS DEL RETRATO VIVO

Personas

Cosme [Rana]
Bernarda [Ramírez]
Un valiente
Tres mujeres
Un correo de a pie
Un pintor
Un cortesano
Un criado

Sale Bernarda y otra
 
Bernarda 		Oye, amiga, y verás ya de mis penas 
                       remediado el afán. 

Mujer 2ª 				¿Qué es lo que ordenas? 

Bernarda 		Ya sabes que Juan Rana 
                        es mi marido. 

Mujer 2ª 				Ya sé, doña Juana, 
                       que es tu esposo, según la burla hiciste 
                       que lo cree de veras y te asiste 
                       sin salir un instante de tu sala, 
                       y que con fineza te regala. 
                       ¿No es esto? 

Bernarda 				Sí, eso es, mas oye agora: 
                       Como es celoso y tanto me enamora, 
                       como de cuanto pasa tiene celos,
                       para quitarle, amiga, estos desvelos, 
                       porque sane del mal con un donaire, 
                       le he ordenado una burla de buen aire, 
                       pues estando presente 
                       le he hecho creer… 

Mujer 2ª 	        ¿Qué, amiga? 

Bernarda 				Que está ausente. 

Mujer 2ª 		¿Cómo puede ser eso? 

Bernarda 				Ésta es la maña, 
                        que es pintura ha creído, ¡es cosa extraña! 
                        Para lo cual, amiga, fue el motivo 
                        dar yo a entender que su retrato al vivo 
                        se me antojaba, conque al mentecato 
                        le hizo un pintor creer que es el retrato 
                        de sí mismo. Y como esto lo ha creído, 
                        desde hoy dentro de un marco está metido, 
                        y se está sin moverse en la postura 
                        que él le dejó, creyendo que es pintura. 
                        Y es risa el verle, porque en todo el día 
                        no ha dicho desde allí “esta boca es mía”. 

Mujer 2ª 		¡Linda es la burla! Ya yo verle espero. 

Bernarda 		Luego le sacarán, porque primero 
                        han de venir a verme sin recelos, 
                        aquellos mismos de quien tiene celos; 
                        porque, según con ellos he tratado, 
                        todos han de apoyar que está pintado 
                        en su misma presencia. 

Criado 		¡Ah de casa! 

Bernarda 				¿Quién es? 

Criado 						Vuestra licencia 
                        espera mi señor don Honorato.

Bernarda 		¡Hola, niñas! 

Dos damas 				¿Señora? 

Bernarda 						Aquel retrato 
                        al punto me traed de mi Juan Rana 
                        y el polvo le limpiad. 

Las dos 						De buena gana. 

Vanse 

Bernarda 		Decid que entrar podrá su señoría, 
                        que no hay estorbo. 

Criado 						Adiós, señora mía. 

Sacan el retrato metido dentro de un marco 

Mujer 2ª 		De no comer, con las colores lacias 
                        viene el retrato. 

Bernarda 				¡Sacudid! 

Cosme 						¡Deo gracias! 

Bernarda 		El polvo lo pintado desfigura. 
                        Dadle bien, porque aclare la pintura. 

Cosme 		¡Las dos me han sacudido que es contento! 
                        Mas como estó pintado no lo siento. 

Bernarda 		¿Qué te parece, amiga? 

Mujer 1ª 						Algo está esquivo, 
                        mas no dirán a Dios sino que es vivo. 
                        Solo le falta hablar y aunque no habla, 
                        parece que se sale de la tabla. 

Cosme 		No saldré, que el pintor dijo al untarme 
                        que me puede matar el despintarme. 

Sale un cortesano y dale unos lazos de tocado

Cortesano 		Ya que puedo sin susto, bella Juana, 
                        entrarte a hablar, pues no está aquí Juan Rana, 
                        toma estos lazos, que tu matrimonio
                        no lo ve. 

Cosme 				¡Estos son lazos del demonio! 

Cortesano 		Toma, ya que está ausente tu marido. 

Cosme 		¡Válgame Dios! ¿Adónde me habré ido? 

Bernarda 		¿No miras su retrato? 

Cortesano 						En él se escucha. 
                         Cierto que es gran dibujo. 

Cosme 						Es cosa mucha. 

Cortesano 		¡Ay tal simpleza! 

Sale el valiente 

Valiente 					¡Sea Dios loado! 
                         Ya sé que está fuera tu cuidado, 
                         Juan Rana digo. Quiero regalarte. 

Cosme 		¡Bien digo que estoy en otra parte! 

Valiente		 Dicen que tiene celos el salvaje. 
                         Y así quixera, para que trabaje 
                         esta pobreta… 

Tienta la espada 

Cosme 				¡Yo le estoy temblando! 

Valiente 		Sacarle… 

Bernarda 				¿A qué? 

Valiente 				A bailar, porque tirando 
                        un revés porque baile… 

Cosme 					¡Mucho aprieta! 

Valiente 		Le hiciera la cabeza castañeta.

Cosme 		¡Madre de Dios, y qué reveses tira! 

Bernarda 		Ya él está ausente. 

Valiente 					Así aplaqué mi ira. 

Bernarda 		Y porque creas lo que te he contado, 
                        solo en casa le tengo retratado. 
                        Mírale. 

Valiente 				Así mi cólera ha vencido. 

Cosme 		Fuera estoy, mas no sé dónde he ido. 

Valiente 		¿Y cuándo ha de volver? 

Bernarda 						A otra semana. 

Valiente 		Como no tenga celos, doña Juana, 
                        venga cuando quixere. 

Bernarda 						Esto deseo. 
		
Sale un correo 

Correo 		¿Habrá lugar que os hable aquí un correo? 

Bernarda 		¿De qué parte venís? 

Correo 					De vuestro esposo, 
                         a traer esta carta presuroso. 

Bernarda 		¿Carta de mi Juan Rana? 

Correo 					Sí. 

Cosme 						¿Qué escucho? 

Correo 		Y un regalo también. 

Bernarda 					Lo estimo mucho. 

Cosme 		Señor correo… 

Correo 				¿Qué es lo que os desvela? 

Cosme 		¿Sabe usté dónde quedo? 

Correo 					En la Zarzuela.

Cosme 		¿Y quedo bueno allá? 

Correo 					Por más mimoria, 
                         muerto de amor. 

Cosme Pues, 			¡Dios me tenga en gloria! 

Bernarda 		Oí la carta. 

Cortesano 				Ved, que será buena. 

Bernarda 		Dice así: “Solo vive aquél que cena”. 

Mujer 2ª 		¡Linda sentencia! 

Bernarda 					“Yo maté, señora, 
                        las perdices que ese hombre lleva ahora. 
                        Yo las cacé, mas él las lleva a cuestas. 
                        Y aunque daba la pólvora respuestas, 
                        de las respuestas no murieron juntas, 
                        porque solo murieron de preguntas. 
                        Ambas van con las patas coloradas 
                        para que no las trueque en las posadas; 
                        de otro color aquí no se han hallado, 
                        perdóname si el tuyo no he encontrado, 
                        la culpa te echa a ti, pues no me dices 
                        qué color es el tuyo en las perdices. 
                        A Dios que te haga madre y luego abuela. 
                        Tu marido, Juan Rana, en la Zarzuela”. 

Mujer 2ª 		Buen papel. 

Cortesano 				Buen estilo.

Valiente 						Y bien palpado. 

Cosme 		De esto me acuerdo ya, yo le he notado. 

Bernarda 		Ya cree que es pintura, y él lo apoya. 

Cosme 		¿Cazando estoy? 

Correo 				Sí. 

Cosme 					El Bacho en la tramoya 
                        poniéndome en la nuca un grueso anzuelo, 
                        de un golpe me enseñó a tirar al vuelo. 

Bernarda 		Las dos perdices son como un diamante. 

Cosme 		Haced que me asen una y sea al instante. 

Bernarda 		Pues, ¿qué queréis? 

Cosme 				Comer, si hay coyuntura, 
                        que se muere de hambre la pintura. 

Bernarda 		¿Estáis loco, marido? Si esto pasa, 
                        vendrá el pintor. 

Sale el pintor 

Pintor 				Dios sea en esta casa. 

Bernarda 		Huélgome que a este punto hayas venido 
                        pues por comer se mata mi marido.

Pintor 		No os espantéis que en esto se desmande, 
                        que un poco le dejé la boca grande. 
                        Y así vengo a achicalla y retocalle, 
                        que el comer el color puede acaballe. 

Cosme 		Antes oí decir a otros pintores 
                        que el no comer acaba los colores. 

Pintor 		¡Estaos quedito! Píntale 

Cosme 					Ya yo me estoy quedo. 
                         No me hagáis mucho mal. 

Pintor 						No tengáis miedo,
                         porque esto no ha de ser más de un retoque. 

Cosme 		¿Qué es lo coloradillo? 

Pintor 						Esto es aloque. 

Cosme 		Pues, ¿pintáis con aloque las personas? 

Pintor 		Es que lo gasto cuando pinto monas. 
                        Ya está enmendado, y porque su trasunto 
                        se seque, al sol le cuelguen luego al punto. 

Cosme 		Si a secarme ponéis, –¡moscas, dejdme!–, 
                        mejor de no comer podré secarme. 

Pintor 		¿Qué les parece? 

Las dos 					Que se está riendo. 

Pintor 		Cada cual de por sí le vaya viendo 
                        por si hay alguna falta. 

Bernarda 		Norabuena. 
                        Cada uno le señale 
                        cada imperfección que tenga,
                         y cantando se la diga 
                         para que enmendarse pueda. 

Cantando el villano, y como le cantan se va 
quejando Cosme 

Bernarda 		Ande la rueda 
                        y todos cantando
                        aqueste retrato 
                        vayan enmendando. 

Mujer 2ª 		De nariz no está cumplido, 
                        por esto se la estiro. 

Cosme 						¡Ay! 

Mujer 3ª 		Pues la boca abierta tiene, 
                        un pellizco se la cierre. 

Cosme 						¡Ay! 

Valiente 		Del semblante a dos tirones, 
                         yo sacaré los colores. 

Cosme 						¡Ay! 

Mujer 4ª 		Yo a las cejas arremeto 
                        por sacarles más el pelo. 

Cosme 						¡Ay! 

Bernarda 		Yo saco sus ojos lindos, 
                        que los tiene muy hundidos. 

Cosme 						¡Ay!

Correo 		El correo a la guedeja 
                        parte a tirar de carrera. 

Cosme 						¡Ay! 

Pintor 		Yo hallo corto aqueste brazo, 
                        y así le pongo la mano. 

Cosme 						¡Ay! 

Bernarda 		¿Qué le parece el retrato, Juan Rana? 

Cosme 		Que yo soy el marco y tú la marcada. 

Bernarda 		Si usted me pide 
                        los celos que suele, 
                        yo haré que pintado                          
                        al punto le cuelguen. 

Cosme 		Muchas mujeres 
                        quisieran retratos 
                        de sus maridos 
                        por verlos colgados. 

Bernarda 		A quien es simple 
                        y los celos conoce, 
                        ande la rueda 
                        y denle de coces. 

Cosme 		A quien da celos 
                        y finge cariños, 
                        ande la rueda 
                        y denle pellizcos. 

Bernarda 		¿Cómo pondremos 
                        al baile contera?
                        Pidiendo perdones 
                        y andando la rueda.